miércoles, 27 de mayo de 2026

    La enigmática Cargill, enorme y con bajo perfil

    Poco
    sabe la gente acerca de Cargill: la empresa ha estado generaciones tratando
    de pasar inadvertida. Otrora, por ejemplo, el actual presidente ejecutivo
    no podía decirle ni a su padre cuánto ganaba. Tanto secreto
    oculta 139 años de apasionante historia, desde un solo silo hasta
    figurar entre las mayores firmas norteamericanas por ingresos netos. Además,
    todo se hizo reinvirtiendo ganancias propias.
    La firma controla 25% de las exportaciones de granos norteamericanas y 22%
    del mercado nacional de carnes (procesa 22.500 cabezas diarias).
    También es un conglomerado mundial, con 101.000 empleados en 60 países,
    que abarca desde chocolates en Francia hasta frigoríficos y aceiteras
    en la Argentina o plantas malteras en Canadá. Su división
    mercantil opera en futuros, opciones, derivados y gestión de riesgo
    cambiario. Con todo, la compañía cree que aún le falta
    para ser “líder global en nutrición”.

    ¿Nuevo
    modelo de negocios?

    A diferencia de otros grupos familiares, la empresa ha conseguido eludir
    las pujas intestinas que suelen ser fatales en esa clase de estructuras.
    También pudo reinventar estrategias tras las turbulencias en los
    mercados primarios en los últimos años del siglo XX. La
    compañía, en efecto, quiere dejar de centrarse en productos
    e insumos primarios e incluir rubros con más valor agregado. También
    recluta gente externa para cubrir cargos superiores, lo cual ha cambiado
    de raíz el modelo organizacional.
    Warren Staley, director ejecutivo, viene impulsando cambios desde 1999.
    Es el tercer CEO ajeno a la familia, desde que William y Samuel Cargill
    –hijos de un escocés– fundaran la compañía
    en 1865. No obstante, dos ramas (la epónima y MacMillan) controlan
    aún 90% del paquete accionario.
    Según observa una investigación de Financial Times, Cargill
    parece una mezcla de catolicismo romano y paternalismo del medio oeste
    estadounidense: “Los gerentes superiores son cardenales y, por ende,
    el director ejecutivo sería papa”. Sin llegar a ese extremo,
    Staley tiende a pensar en décadas: después de todo, es apenas
    la séptima autoridad suprema en casi siglo y medio.
    Además, como cabeza de una sociedad no cotizante, no tiene por
    qué perder tiempo dando explicaciones a analistas y gurúes
    cada vez que la acción sube o baja medio punto. Puede, entonces,
    considerar plazos medianos o largos, aunque el negocio sea cíclico
    y hasta volátil.
    Por supuesto, esa perspectiva no excluye problemas típicos de una
    empresa familiar. Hace ocho años, un vástago del clan Cargill
    le exigió a Whitney MacMillan (entonces a cargo de la firma) más
    dinero del fijado al repartir dividendos. Pero, para obtenerlo, debió
    vender 17% de su participación accionaria –equivalía
    a US$ 750 millones en efectivo– y retirarse del Directorio, que quedó
    reducido a cinco miembros de ambos clanes, seis independientes y seis
    designados por el management.
    Casi de inmediato, la compañía afrontó la crisis
    sistémica internacional de 1997-8 y el consiguiente derrumbe de
    los mercados primarios. Las ventas cedieron de US$ 55.700 millones en
    1997 a 45.700 millones en 1999 (–18%), en tanto las utilidades netas
    se desplomaban de US$ 814 a 220 millones (¡–73%!).
    “Obviamente, el viejo modelo de negocios se venía abajo”,
    recuerda Robert Lumpkin, director financiero. “Los clientes se fusionaban,
    nuestra oferta no se diferenciaba bien del resto, la competencia estaba
    mejor segmentada y nuestros costos eran altos”.
    A mediados de 1998, se formó un equipo dedicado a replantear objetivos
    hasta 2010 (lo llamaron “ensayo estratégico”) en cuatro
    áreas. Desde reinvención hasta volumen de abastos y desde
    ingredientes especiales hasta marcas de consumo. La labor de ese equipo
    devolvió a la compañía la delantera sobre sus rivales.

    Por fin,
    fusiones y adquisiciones

    Uno de los problemas claves era la oposición familiar a entrar
    en Wall Street. No obstante, urgía renovarse. Por fin, Cargill
    decidió fusionar su división fertilizantes con IMC Group,
    una firma cotizante en bolsa. Nunca había ocurrido semejante cosa.
    La empresa también transfirió sus operaciones financieras
    más riesgosas (casi US$ 10.000 en activos y obligaciones) a un
    fondo de cobertura, Black River Asset Management. Pero, a la larga, esto
    podría ser un error garrafal.
    El otro problema consistía en combinar productos agropecuarios
    y alimenticios con nuevas actividades, capaces de márgenes más
    elevados. Por ejemplo, biotecnología y procesamiento de materias
    primas.
    Quedaba un tercer factor preocupante: las transacciones mercantiles representaban
    casi la mitad de los ingresos y son un rubro volátil, poco rentable.
    Por ende, Cargill ha vendido ya unos US$ 2.000 millones de ese tipo de
    activos. Si bien compra en efectivo, últimamente ha sido más
    audaz en fusiones y adquisiciones. Así, pagó 1.000 millones
    por Cerestar, un productor europeo de almidón y edulcorantes naturales.

    Pero los retos mayores eran internos. “Dijimos que no abandonaríamos
    los productos primarios, sino la mentalidad primaria”, recuerda Staley.
    Por lo tanto, la compañía empezó a contratar ejecutivos
    afuera. Diez años atrás, apenas 20% del management no provenía
    de la firma; hoy esa proporción llega a casi la mitad. Mientras
    tanto, Cargill se atomizó en 90 divisiones o unidades –antes
    eran 40–, agrupadas en 14 plataformas.
    Hasta el momento, los cambios –con la ayuda de mejores precios primarios–
    parecen rendir frutos. En el segundo trimestre los ingresos netos sumaron
    US$ 518 millones, 39% sobre el año anterior. En 2003, las utilidades
    ya alcanzaban US$ 1.300 millones (hacía tiempo que no superaban
    los 1.000 millones) y las ventas aumentaban 19%, a US$ 59.900 millones.
    Cargill prosigue recolocando 85% en la empresa y asignando el resto a
    los accionistas familiares, para tenerlos contentos.

    Un cocinero en marketing
    Stefano Giunta, ex chef personal de Ronald Reagan, es el elemento menos
    convencional incorporado a marketing. Como director culinario, planea
    y pone en marcha soluciones para carnes. Su experiencia en la Casa Blanca
    y la mansión en California –cocina francesa para Nancy, guisotes
    rancheros para su marido– le permite asesorar a grandes clientes,
    McDonald’s por ejemplo, sobre cómo preparar comidas. Eso amplía
    las relaciones con quienes compran carnes rojas y blancas.
    La empresa solía limitarse a entregar exacta y solamente lo que
    los compradores pedían. Ahora trata de satisfacer selectivamente
    requerimientos y gustos. Para tomar un caso, Applebees, una cadena de
    comidas, necesita bifes de determinado grosor, costo y tiempo de cocción:
    el proveedor debe entregar cortes que no exijan más de 12 minutos
    en la parrilla.
    Este énfasis en clientes también incluye más investigación
    y desarrollo. Al mismo tiempo, la compañía cuida más
    la salud y la seguridad del personal, por lo cual ha automatizado partes
    del proceso en planta, para reducir heridas y otros accidentes (de paso,
    gasta menos en personal, seguros, etc.). Verbigracia, desde 2001, a los
    cerdos se los deja inconscientes aplicándoles dióxido de
    carbono –no ya electricidad–, porque los tensa menos. Por ende,
    mejoran el tono muscular, la calidad y el color de la carne.
    William Rupp, vicepresidente de Excel (subsidiaria) y jefe de la sección
    Carne Vacuna, también busca acercarse a los clientes mucho más
    de lo intentado en sus 20 años de experiencia. “El negocio
    se limitaba a vender bifes envueltos en celofán, según los
    tres tipos genéricos de calidad definidos por el Gobierno. Hoy
    le preguntamos al comprador qué grado de terneza y consistencia
    quiere. Ofrecemos más de 40…”.
    A pesar de eso, Rupp admite que tomará tiempo sacarle a Cargill
    el hábito de aprovechar su 22% del mercado estadounidense para
    dictar condiciones. “Algunos nos tienen fe, pero resulta frustrante
    que otros no confíen. El problema es cómo vencer reticencias,
    si en el pasado aumentábamos ganancias a costa del cliente y eso
    era ostensible”