miércoles, 27 de mayo de 2026

    El liderazgo del Mercosur Sobre publicidad comparativa

    Las
    declaraciones de Eduardo Duhalde sobre el liderazgo de Lula en el Mercosur
    –persiguieran o no esa intención– fueron leídas
    como un capítulo más del debate interno del partido de Gobierno.
    Algunos exégetas prefirieron ponerlas en otro contexto: como líder
    del país más importante y con mayor peso específico
    en la región, encontraron justificadas estas expresiones sobre el
    papel del presidente brasileño.
    Lo que faltó es un análisis de los antecedentes sobre la orientación
    de la política exterior del vecino país, y la manera en que
    el actual gobierno concibe la arquitectura de su accionar externo y, más
    importante aún, de las metas que persigue con coherencia y tenacidad.

    Cuando asumió el poder el ex obrero metalúrgico, en enero
    del año pasado, los vaticinios iniciales eran de crecientes conflictos
    con Estados Unidos y la perspectiva de una marea izquierdista sobre todo
    el continente. Lula tuvo cuatro encuentros con George W. Bush en apariencia
    satisfactorios para ambos; orientó la economía –lo que
    no se preveía– en forma ortodoxa, y avanzó sin mayores
    estridencias en la construcción de una política exterior ambiciosa.
    En menos de un año de gobierno se convirtió en el presidente
    brasileño más activo en la escena internacional. Viajó
    a más destinos externos que Fernando Henrique Cardoso en sus ocho
    años de mandato.
    Mantiene vínculos –que irritan– con la Cuba de Fidel Castro
    y la Venezuela de Hugo Chávez. Se opuso a que la OEA catalogara a
    la guerrilla colombiana como una organización terrorista internacional.
    Pero a la par, desalentó la versión de un supuesto eje izquierdista
    en la región.
    ¿Con qué elementos cuenta el Brasil de Lula para aspirar a
    una política exterior ambiciosa? Sus dimensiones territoriales (8,5
    millones de kilómetros cuadrados) son apenas más pequeñas
    que las de Estados Unidos o de Canadá. Su población de 182
    millones de habitantes es la segunda del continente –después
    de Estados Unidos– y la quinta del mundo. Su economía, de US$
    1,4 billón es siete veces menor que la estadounidense, pero aún
    así, es la décima del planeta. En el contexto latinoamericano
    es la mayor economía (una vez y media la de México) y seguramente
    la menos dependiente de Estados Unidos, con un comercio externo que alcanza
    todas las latitudes del globo.
    La expectativa inicial en Estados Unidos, después del colapso y el
    embate contra el Consenso de Washington y las políticas neoliberales,
    era que se avecinaba una marea izquierdista. Constantine Menges, un ex miembro
    de la CIA en tiempos de Ronald Reagan y ahora académico del Hudson
    Institute, alentaba desde 2002 a tomar medidas contra un futuro gobierno
    de Lula que podría llegar a alinear a 300 millones de latinoamericanos
    en contra de los intereses estadounidenses y aumentar la amenaza de terrorismo
    interno en Estados Unidos.
    Después de todo, Lula da Silva estaba en contra del Alca, se sospechaba
    que repudiaría su deuda externa y declaraba que su país debía
    proseguir una política nuclear independiente. La conclusión:
    Lula sería un nuevo Hugo Chávez pero con enorme poder y capacidad
    de lesionar los intereses estadounidenses.
    Desde entonces, el escenario descripto por Menges perdió verosimilitud,
    ya que Lula, en casi todos los frentes, siguió un camino distinto
    al previsto. El nacionalismo brasileño (muchas veces confundido con
    izquierdismo) tomó otros caminos. El principal asesor de Lula en
    política exterior es Marco Aurélio García. Desde su
    perspectiva –a pesar de sus orígenes izquierdistas– Brasil
    debía alejarse de la línea seguida por Cardoso y retomar el
    “pragmatismo responsable” iniciado por un presidente militar,
    Ernesto Geisel, entre 1974 y 1979.
    El nuevo proyecto nacional, entonces, debía alentar la inclusión
    social interna; la ampliación democrática y la reafirmación
    de la soberanía nacional en un contexto latinoamericano. La prioridad,
    desde esta visión, es el fortalecimiento del Mercosur y de los vínculos
    con los demás vecinos de la comunidad andina. La meta, sortear las
    fuertes asimetrías con el Alca y asegurar que no aumente la desigualdad.
    Éste sería el camino, con una política externa regional,
    para combatir el proteccionismo de Estados Unidos y de la Unión Europea,
    y mantener control sobre las economías del área. Para ello
    hay que trascender una unión aduanera e incluso un mercado común,
    para llegar a una moneda común e instituciones financieras centralizadas.
    Pero la visión es más ambiciosa. Incluye nuevos horizontes
    en África –especialmente donde hay petróleo– y con
    los países árabes. Brasil, además, se ha convertido
    en protagonista del G22, articulando y coordinando intereses de los países
    en desarrollo, junto a otros grandes, como China, India, Sudáfrica,
    Rusia y México.
    El destino final: un asiento permanente para Brasil en el Consejo de Seguridad
    de las Naciones Unidas š
    Los avatares de la publicidad donde un anunciante recurre a comparaciones
    con un producto rival no son novedad, ni siquiera en nuestro mercado. Hay
    una larga historia, disputas y pronunciamientos judiciales. El quid de la
    cuestión reside en que no se afecte la imagen del producto comparado
    o se incurra en afirmaciones que pueden traducirse como violación
    de límites legales.
    Un caso que todos recuerden es cuando Unilever desarrolló una línea
    de tablas para inodoros con el nombre de Persil, una conocida marca de jabón
    limpiador de su sempiterno rival, Procter & Gamble. Esta firma demandó
    por entender que había un daño intencional a su imagen y Unilever
    debió dar marcha atrás.
    En la Argentina la cuestión se actualizó (más allá
    del famoso “desafío Pepsi” contra Coca-Cola) con la nueva
    embestida de la cerveza Isenbeck contra la líder del rubro, Quilmes.
    En la etapa inicial, cuando Isenbeck pedía juntar dos tapitas (una
    propia y otra de la competidora para ofrecer una botella de regalo) no mereció
    respuesta de la segunda.


    El segundo round
    Pero en la siguiente etapa todo cambió. Al comparar el contenido
    de cada botella y destacar que el de Isenbeck duraba un año –contra
    seis meses que recomendaba su rival–, Quilmes reaccionó y
    recurrió a la justicia.
    Desde su óptica, se intentaba presentar a Quilmes como un “sucedáneo
    de cerveza”, lo que a juicio de la demandante era una violación
    a principios de la legislación argentina y de la propia publicidad
    comparativa.
    El punto más objetado era la afirmación que el envase (y
    el contenido) de Isenbeck duraba un año, contra los seis meses
    de vencimiento de la otra marca. Los voceros de Quilmes explican que una
    noción básica en la industria es que la cerveza no soporta
    bien el paso del tiempo y la exposición a la luz. Algo que es importante
    ya que los cajones de cerveza se estiban, por lo general, al aire libre
    y a pleno sol.
    La justicia se inclinó por los argumentos de la demandante y exigió
    que Isenbeck cesara en su campaña. El desafiante se encontró
    con un problema: cómo salvar la cara, acatar la decisión
    y lograr una retirada ordenada.
    El recurso fue no mencionar al competidor, reemplazándolo con un
    nombre de fantasía, especulando que lo sembrado hasta entonces
    haría que el público percibiera que la campaña continuaba.
    Pero a la justicia no le pareció un camino acertado. La última
    decisión judicial en esta saga, impone a Isenbeck una multa de
    $ 10.000 diarios a pagarle a Quilmes, por utilizar la marca del competidor
    en su publicidad. La obligación se mantendrá hasta que Isenbeck
    demuestre que ha cesado en la utilización de este tipo de publicidad.
    El argumento central del fallo: con “la continuidad de la promo anterior
    se pretende generar ahora una asociación de ideas entre la censura
    y las marcas de la actora; particularidad que, en mi criterio, no configura
    un proceder compatible con los principios que deben inspirar una seria
    y leal competencia comercial y con los usos honrados en materia industrial
    o comercial”.


    Posiciones y percepciones
    Si bien la contienda se seguirá analizando y estudiando en diferentes
    ámbitos, se ha perdido de vista algo esencial en medio del fragor
    del combate.
    El producto líder en el mercado de las cervezas es Quilmes Cristal
    (49% de market share), seguida por Brahma (15,5%) que forma parte del
    grupo anterior; Schneider con 8%; y recién Isenbeck con 5,9%. Quilmes
    vende 1.000 millones de litros anuales de cerveza.
    La inteligencia de Isenbeck fue plantear la lucha contra el número
    uno. Es probable que para la mayoría de la opinión pública
    quede la impresión que Isenbeck es la segunda marca, cuando en
    verdad es la cuarta. De manera que el gran perjudicado por la famosa campaña
    de publicidad comparativa sería Schneider, de Cervecerías
    Unidas.
    Si se mide por empresas, el grupo Quilmes-Ambev tiene una participación
    de mercado del orden de 78%; mientras que Cervecerías Unidas (de
    origen chileno), con todas sus marcas, tiene 15%.
    En este contexto, es previsible que pronto se advierta la reacción
    de Schneider para restablecer su imagen en la mente del consumidor