sábado, 30 de mayo de 2026

    El riesgo de perder una energía segura y barata


    Daniel Montamat

    La energía se valora cuando falta. El valor agregado del sector energético
    en su conjunto es de alrededor de 5%; pero si ese 5% no funciona, el resto del
    producto económico no se puede generar. Puede que en la organización
    y funcionamiento de los mercados energéticos tenga mayor o menor participación
    el sector público, pero cualquiera sea el modelo de gestión predominante,
    la energía no puede ser rehén del corto plazo político.
    Como industria capital intensiva, la industria energética impone políticas
    de largo plazo que desbordan los límites de una administración
    de gobierno. Cuando predomina el corto plazo en la asignación de los
    recursos energéticos, los precios y las tarifas dejan de recuperar los
    costos económicos del sistema y se resiente el proceso de inversión.
    Cuando cae la inversión, tarde o temprano la oferta de energía
    es insuficiente y la calidad del servicio energético se ve afectado,
    como viene sucediendo en la Argentina de los últimos años. La
    oferta de energía, clave de una estrategia de desarrollo social y económico,
    se convierte en un problema para sostener la expansión económica.
    La energía argentina, según la tesis del libro, ha quedado entrampada
    en el corto plazo, y es víctima, como tantos otros sectores, y como la
    sociedad en su conjunto, de la falta de un “proyecto país”.
    Al analizar, de manera casi testimonial, las últimas décadas del
    sector energético argentino, Montamat plantea los problemas del modelo
    de gestión pública y su transformación en un modelo de
    gestión privada, durante los 90, donde también existieron problemas.
    El modelo actual, híbrido, y, en vías de agotamiento, induce al
    lector a una conclusión que se desliza a través de las páginas:
    el gran problema detrás de la falta de una estrategia energética
    de largo plazo y de la falta de una estrategia de desarrollo es la discapacidad
    del Estado argentino. Con políticas de corte estatista o neoliberal,
    el Estado argentino ha fracasado. Sin Estado, no hay mercado ni políticas
    de largo plazo, ni un proyecto que traduzca consensos básicos.
    La tesis de La energía argentina, va más allá de lo sectorial
    y plantea un desafío a toda la sociedad argentina. Si no logramos como
    sociedad amalgamar esfuerzos en un proyecto para desarrollar la Argentina, la
    energía seguirá siendo víctima de políticas de corto
    plazo; pero, peor, se seguirá degradando nuestro estándar social.
    Menos trabajo productivo, más desigualdad y más marginación.
    La frase del filósofo Séneca hace las veces de colofón
    del libro: “Nunca hay viezntos favorables para un barco que no tiene rumbo”.

    El libro. Especulaciones sobre la crisis e indefiniciones estratégicas
    Si no hay cortes masivos de electricidad, el Gobierno inaugurará el año
    electoral ratificando su apuesta de que todo está bajo control en materia
    energética y renovando sus críticas a los “agoreros”
    de siempre. Si, en cambio, hay cortes importantes que trasciendan a los medios
    y no se puedan minimizar, la culpa la tendrá el clima, las empresas,
    y el vertiginoso crecimiento económico, en ese orden. Mientras tanto
    el país va camino a perder una importante ventaja comparativa (energía
    segura y a precios competitivos), cuando todavía tiene pendiente un proyecto
    productivo para desarrollar ventajas competitivas (valor agregado exportable).
    Es cierto que el futuro energético preocupa a todo el mundo. El paradigma
    fósil, del que depende casi en un 80 por ciento el abastecimiento mundial
    de energía, tiene problemas con el medio ambiente, que se suman a los
    condicionantes geopolíticos (concentración de reservas en Medio
    Oriente) y a las dudas de algunos geólogos sobre la inminencia de alcanzar
    el pico productivo mundial del petróleo (campana Hubbert-Cambell). Para
    colmo, el gas natural, que se insinuaba como un sustituto intrafósil
    menos contaminante, hoy está expuesto a la incertidumbre de suministro
    generada por algunas decisiones de Rusia y por la amenaza de una colusión
    de productores que remede los pasos de la OPEP. Por su abundancia y distribución,
    se ha empezado a revalorizar el carbón mineral (pese a que sus emisiones
    de gases de efecto invernadero representan 30 por ciento de las emisiones totales)
    con expectativas de mejorar la eficiencia combustible para la generación
    eléctrica, y promesas de avances tecnológicos en el “secuestro”
    y almacenamiento de sus gases contaminantes. También se vuelve a hablar
    a fin de la pausa nuclear, con una nueva generación de plantas más
    seguras y un destino más controlado para los desechos radioactivos (aunque
    ha aumentado la suspicacia sobre la desviación de tecnología para
    fines bélicos). Los combustibles de la biomasa ganan su espacio pero
    todavía compiten con la materia prima alimentaria, y las energías
    renovables más publicitadas (solar y eólica) crecen a tasas exponenciales
    pese a no representar en el presente, ni en el futuro mediato, una masa crítica
    entre las fuentes de energía que mueven el planeta. ¿Si el mundo
    enfrenta el dilema energético, por qué habría de ser la
    Argentina la excepción? Porque teníamos todas las condiciones
    para contar con relativa abundancia energética y precios favorables,
    y con la posibilidad de transformar esa ventaja en un eje de una estrategia
    de desarrollo económico y social.
    La curva de oferta y demanda de cualquier bien, también de los energéticos,
    es una sucesión de puntos que relacionan valores de precio y cantidad.
    No se pueden afectar los precios sin tener consecuencias sobre las cantidades.
    A su vez, cuando se trata de producir bienes en industrias capital intensivas,
    no se puede operar sobre sin tener señales de precio de largo plazo.
    Las reglas y las señales de precio en la industria energética
    son parte de las definiciones que impone una estrategia de largo plazo, imprescindible
    para tener un sector sustentable. Con la energía como rehén del
    corto plazo político, la transición posdevaluatoria se prolongó
    sine die, con precios y reglas que exacerbaron la demanda y frenaron
    la inversión. Reinventamos lo de la “energía nueva”
    y lo de “dos mercados, dos precios”; una para divorciar las inversiones
    nuevas del capital hundido, y otro para divorciar el mercado doméstico
    del mercado regional e internacional. Como consecuencia, estamos consumiendo
    los excedentes energéticos y vamos camino a importar cada vez más,
    a los valores de referencia internacional más el transporte hasta estas
    latitudes. El autismo energético argentino fue determinante en el atraso
    y la involución que registra la agenda de integración energética
    regional. A la declinación y madurez de nuestras cuencas sedimentarias,
    ya no podemos asegurarles el alivio de un suministro confiable y a precios competitivos
    que provenga de nuestros vecinos regionales.
    La sociedad, con segmentos vulnerables que deberían haber sido aislados
    del efecto precio por una tarifa social, ya se ha hecho al hábito de
    consumir energía barata con subsidios que benefician más a los
    ricos que a los pobres. Las empresas pagan mucho más la energía
    nueva, y el Gobierno promete que, con inversión pública, sustituirá
    el déficit de inversión privada. Pero todos empiezan a presumir
    que hay un fin de fiesta y que cuando esta acabe, con lógica freudiana,
    algún otro tendrá la culpa de nuestras desventuras energéticas.
    Hoy la energía es parte del problema económico argentino, cuando
    debería ser una ventaja comparativa para atraer inversiones productivas
    que consoliden el crecimiento y el empleo. También es parte del problema
    económico regional, cuando debería ser uno de los activos de un
    Cono Sur integrado frente a los otros bloques económicos del mundo. M