lunes, 20 de abril de 2026

    El nuevo mapa del sindicalismo argentino

    El sustento de la CGT no son las bases, sino el Gobierno que viene manteniendo
    a Hugo Moyano como aliado. Pero la UOM entró primero en la Casa Rosada
    al firmarse los convenios. Las negociaciones salariales en las empresas crearon
    letra chica a la pauta oficial.
    Antonio Caló es el líder de una UOM con muchos menos afiliados
    (145 mil para ser precisos) que los 450 mil de los buenos tiempos de su antecesor,
    Lorenzo Miguel. Desde hace tres años se colocó más allá
    de la pelea de pesos pesados que se libra en la cima de la CGT. Ahora salteó
    al camionero Hugo Moyano para llevar a la dirigencia metalúrgica a una
    audiencia con el presidente Néstor Kirchner.
    Cualquiera que cerrase los ojos ese día en la Casa Rosada hubiese creído
    escuchar al viejo caudillo fallecido hace tres años: “Por suerte,
    la industria metalúrgica no tuvo grandes problemas de suspensiones por
    esta difícil situación que estamos atravesando (por la crisis
    energética)”, transmitió Caló al primer mandatario.
    Las suspensiones tuvieron muy poco impacto porque se reacomodaron los turnos
    de trabajo; justo lo que Kirchner hubiera querido escucharle decir y así
    fue nomás.
    A un par de centenares de kilómetros de la plaza de Mayo, uno de los
    miembros de la comisión directiva de la UOM, seccional Rosario, Daniel
    Gutiérrez, declaraba lo contrario a una emisora radial: “el panorama
    es preocupante desde el punto de vista de que no se han hecho inversiones en
    el sector y nos encontramos con que algunas empresas, sobre todo las que trabajan
    con hornos eléctricos, figuran como grandes usuarios y están restringidos
    para utilizar energía eléctrica”.
    Dio el ejemplo de Metalurgia Litoral: “Ha hecho una importante inversión,
    incorporó hornos eléctricos en 2005 y hoy se encuentran que, en
    primera instancia, suspenderá personal y, en segunda, puede llegar a
    despedirlo, con 50% de la indemnización. Estas empresas están
    castigadas”.
    ¿Cuál es la verdadera posición de la UOM?
    Así ha sido siempre de dual el sindicalismo argentino. Un discurso para
    negociar, otro para presionar. La historia es recurrente en cuanto a la división
    de las centrales en una dura y otra negociadora. Lo era en la época de
    Rucci y Ongaro de los 70, como en la de Moyano y De Gennaro de estos días.
    Cuando aparece “argentinos” en la sigla la traducción es
    “combativos”.
    La OIT bosqueja un mapa sindical de los países que la integran y, cuando
    toca a la Argentina, lo identifica en tres centrales (CGT, CTA y CCC, las dos
    primeras de origen peronista y la última maoísta).
    Y abre una cuarta categoría, que define como “sindicatos autónomos”,
    entre los que cuenta a los no alineados con las tres centrales antedichas, como
    la poderosa Federación de Educadores Bonaerenses, con sus 123 filiales
    y 55.000 docentes afiliados, y curiosamente la propia UOM, que se corrió
    de las luchas intestinas de la CGT.
    Hasta que Néstor Kirchner consolidó su poder en 2004, la actual
    CGT venía dividida desde 1994 en dos gajos: uno oficialista conducido
    por el alimenticio Rodolfo Daer y otro disidente, liderado por el camionero
    Hugo Moyano, denominado Movimiento de Trabajadores Argentinos.
    Moyano quedó al frente de la CGT unificada desde entonces, pasando a
    ser de disidente de los 90 a oficialista de turno.
    El origen de la central obrera se remonta a los años 30, cuando sindicatos
    socialistas, independientes y comunistas acordaron unirse, y desde el 45 en
    adelante, ese gran mosaico ideológico se simplificó detrás
    del liderazgo de Juan Domingo Perón, que perdura incólume aun
    después de su muerte hace 33 años.
    Hoy Moyano se dice tan peronista como sus adversarios, los “gordos”,
    que enrolan a Armando Cavalieri (comercio), Juan José Zanola (bancos),
    West Ocampo (sanidad), Oscar Lescano (Luz y Fuerza), entre los principales.
    El gastronómico Luis Barrionuevo es otro que tercia en la conducción
    con la misma camiseta justicialista.

    Cambios cualitativos
    La reestructuración socioeconómica del país, tras la recesión
    de finales de la época menemista y el estallido de la crisis entre 2001
    y 2002, consumó los cambios que afectaron el perfil productivo a partir
    de la convertibilidad.
    Los gigantescos gremios afectados a los servicios públicos, cuya patronal
    venía siendo el Estado, de repente se encontraron con un Gobierno de
    signo peronista, como el de Menem, al que debían allanarse políticamente,
    mientras debutaban en dirimir intereses laborales con férreos ejecutivos
    de las multinacionales que se adjudicaron las privatizaciones, en lugar de los
    mansos funcionarios políticos que atendían sus áreas cuando
    las prestadoras eran estatales.
    Se licuó el poder de los dirigentes de Foetra, Luz y Fuerza, telefónicos,
    así como de los estatales, y menguó la participación de
    los clásicos industriales, como metalúrgicos, mecánicos,
    construcción, plásticos. Creció la combatividad de los
    docentes.
    La mayor parte de las plantas sucumbía entonces a racionalizaciones,
    suspensiones y despidos al compás del achicamiento del aparato productivo
    de los 90.
    La oposición sindical al Gobierno que provocaba estos cambios estructurales
    en la economía estaba conformada por parte de los docentes (CTERA) y
    empleados públicos (ATE), marginados de toda esa vorágine política
    palaciega. Se constituyeron en la Central de Trabajadores Argentinos (CTA) desde
    1995 y desde poco antes de la renuncia de Fernando de la Rúa ya se los
    veía entreverados en movilizaciones callejeras con una naciente organización
    de desocupados, los piqueteros, que se sumaron a través de la Federación
    de Tierra y Vivienda.
    También a estas marchas se sumaron con sus pecheras amarillas la central
    clasista y combativa (CCC), cuyo brazo sindical es el Sindicato de Empleados
    Municipales de Jujuy y el político, el partido Comunista Revolucionario.
    Hoy los escenarios en que discurre la demanda sindical están fragmentados.
    La conflictividad industrial no traspasa los tinglados. La negociación
    de superestructura es política y transcurre dentro de los despachos.
    La calle está ganada por los piqueteros, los gremios estatales (incluidos
    docentes) y algunas expresiones minoritarias no alineadas.

    Representatividad
    Los datos globales de la estructura sindical nacional son:
    • Entre 2 y 3 millones de trabajadores afiliados a 2.800 sindicatos registrados,
    entre los cuales hay algunos de menos de 50 miembros.
    • Hay 1.100 sindicatos con personería gremial.
    • Los cuerpos de delegados o comisiones internas que reportan a las organizaciones
    suman de 20 a 50 mil activistas.
    Suele suceder, sobre todo cuando se discuten salarios, que la conducción
    central de un gremio, como la UOM, acepte la pauta de ajuste del Gobierno y
    logre conciliarla en los convenios con las grandes empresas siderúrgicas,
    como Siderca, Siderar, Acindar y Aceros Bragado, que suman 15 mil obreros.
    Pero hay más de un millar de firmas de todo tamaño adheridas a
    las patronales metalúrgicas (Adimra) que emplean a 130 mil trabajadores
    del sector, que no encajan en el molde negociado y surgen asperezas en las fábricas.

    Se suceden las medidas de fuerza dentro de los lugares de trabajo en la zona
    norte de la provincia de Buenos Aires, pero quedan circunscriptas a ese radio.
    No hay espacio para huelgas salvajes. La lejanía con las federaciones
    y confederaciones impide que “prendan” a un nivel más abarcativo.
    El movimiento se desgasta, el Ministerio de Trabajo aplica las conciliaciones
    obligatorias y finalmente se termina transando dentro de las formalidades de
    la pauta oficial. Por lo menos, así ha sido hasta ahora.
    Smata ha sido otro caso paradigmático de esta ambigua particularidad
    de las negociaciones salariales. Firmó con la patronal dentro de la banda
    fijada por el Gobierno, pero ese porcentaje no se ve en ninguna de las liquidaciones
    salariales de las empresas.
    Las fábricas trabajan a full pese al racionamiento eléctrico
    y, puertas adentro, se entienden con las comisiones de delegados. El antecedente
    lo constituyen Toyota y Peugeot, que ya tenían cerrado el acuerdo por
    todo el año y evitaron presentarlo en el Ministerio de Trabajo dentro
    del paquete de sus colegas de Volkswagen, Ford, Daimler, Chrysler y General
    Motors.
    La dispersión inspiró a José Rodríguez, secretario
    general de Smata, a reabrir las conversaciones, empresa por empresa, para introducir
    mejoras adicionales.
    Lo curioso del caso es que para la encuesta oficial el porcentaje que regirá
    será de 19%, pero para la estructura de costos de las empresas habrá
    que ver cómo se traducen los rubros incorporados. Basta con observar
    lo sucedido en Córdoba, donde Renault y Fiat-Iveco terminaron dando 57%
    entre el aumento de este año y el anterior, más 5% ahora y otro
    6% a fin de año.
    Aunque ningún coletazo se escuche en la Plaza de Mayo o en el Congreso,
    dentro de las plantas automotrices afiliadas a SMATA el personal venía
    aplicando lo que se conoce como quita de colaboración. En Volkswagen
    habían quedado en playa incompletos 400 autos. Ahora los cortes volvieron,
    pero de corriente eléctrica, y dejan muchos más vehículos
    inconclusos.
    En contraste con lo homologado por el Ministerio de Trabajo, ningún mecánico
    cobraba 15% de incremento en el básico, más 5% no remunerativo,
    que figuraba en el parte de prensa oficial del año pasado. El acuerdo
    real, que contemplaba 32% de aumento mientras duró el convenio, llega
    a 40,3% a marzo de 2008.
    El clima social que transcriben diariamente las primeras planas con paros de
    telefónicos, aeronáuticos, trabajadores de la salud, ferroviarios
    o docentes no se refleja en el índice de conflictividad gremial que elabora
    el Centro de Estudios para la Nueva Mayoría: ha ido descendiendo este
    año, de las 82 protestas en marzo, a 69 en abril, 39 en mayo y 29 en
    junio. Coincide con el período de negociaciones salariales.
    Pero el promedio del año pasado había sido de 62, sustancialmente
    mayor que el actual. La incidencia que han tenido las medidas de fuerza de los
    docentes en este comportamiento fue determinante, lo mismo que las de los gremios
    estatales.
    Los obreros industriales optaron por seguir de cerca el crecimiento de la producción.
    En ciclos de abundancia como el actual, las automotrices aceptan camuflar en
    la grilla aumentos superiores a la pauta oficial, a cambio de mejorar 20% la
    productividad mientras la caldera no afloje.
    La incógnita para el año próximo es si se logrará
    repetir este escenario, o si los levantiscos delegados de fábrica negociarán
    con mayor vigor por su lado, diga lo que diga la conducción del gremio.
    M







    Truck power


    La campaña de captación de afiliados que encaró
    el líder camionero Hugo Moyano con su hijo Pablo desde el advenimiento
    del kirchnerismo al gobierno no apunta precisamente a engrosar el ingreso
    por la cuota sindical ni a reclutar activistas para las concentraciones.
    Conquistó 22.800 afiliados de otros gremios que les permitió
    reunir 4 millones de pesos mensuales para la organización. Para
    emprender la cruzada, primero lograron que el Ministerio de Trabajo
    aprobara el estatuto que define su actividad como logística.
    Coincidió con el regreso a la CGT de su movimiento disidente
    desde que promediara el menemismo.
    Captaron 7.000 empleados de los correos privados, 5.000 de hipermercados,
    9.000 de distribuidores de gaseosas. Así llegó a los 73.000
    afiliados actuales, a expensas de otros gremios como Foecyt, Fec, Fuva,
    Fatiga.
    Moyano tuvo en todo este lapso de aliado al Ministerio de Trabajo con
    sus fallos favorables en cada conflicto, pero perdió poder de
    convocatoria en el seno de la entidad que encabeza.
    Paga su afán de acumulación de poder con un asedio que
    no sólo le dispensa Luis Barrionuevo en la mesa directiva, sino
    también el sucesor del que fuera su aliado de la UTA, Juan Manuel
    Palacios: el diputado Roberto Fernández.
    Ya se granjeó la enemistad de la construcción platense,
    luego del choque en San Vicente durante el traslado de los restos de
    Perón a la quinta.
    Tampoco le tienen simpatía el resto de “los gordos”.
    Y algo parece haber cambiado en la Casa Rosada con él, desde
    que Kirchner decide invitar a la UOM antes que a su gremio para celebrar
    la firma del convenio.
    Las malas lenguas afirman que se habló del regreso de la UOM
    a la conducción de la CGT. Ya Barrionuevo venía juntando
    adhesiones para quebrar al camionero adentro mismo de la entidad, en
    yunta con Andrés Rodríguez de UPCN y Gerardo Martínez
    de la UOCRA.
    Habrá que ver si los cambios que publicitan en un eventual gobierno
    de Cristina Kirchner incluyen cambiarle la cara al interlocutor de la
    central obrera y si, dada la alta inflación y el previsible aumento
    de la conflictividad sindical, se atreverían a soltarle la mano.