
Todo gira en torno a la intensidad, a la profundidad, extensión y duración
de la crisis desatada –en apariencia– por hipotecas secundarias
de mala calidad en Estados Unidos, tras el anunciado desinfle de la burbuja
inmobiliaria.
Para algunos analistas es una cuestión cuyos principales efectos se circunscriben
únicamente al mercado hipotecario estadounidense, sin contaminar al resto
del mercado financiero. Para muchos otros, el contagio tocó el ámbito
financiero y puede afectar a la economía local.
Para quienes lo veían de afuera, hubo sorpresas: por primera vez en 30
años hubo una corrida de depositantes contra un banco de Gran Bretaña,
y el temor se adueñó de Alemania. Todas las bolsas del mundo –como
corresponde a un mundo globalizado– fueron arrastradas en el deslizamiento
telúrico que sobrevino. Durante dos meses, hubo picos de angustia y temor
a una crisis de enormes proporciones.
Con el escenario un poco más calmo, y comprobado que no hubo recoveco
del planeta que no sintiera alguna remezón, la discusión ahora
es sobre los efectos y consecuencias futuras. ¿Disminuirá el ritmo
de crecimiento en todos los grandes bloques geográficos; sufrirá
el valor de los productos básicos, se extenderá una crisis financiera
que afecte a la economía real? Sobre estos ejes avanza la discusión
y comienzan a evaluarse las respuestas.
En simultáneo con la agitación de los mercados, reapareció
–con su libro de memorias, The Age of Turbulence– el legendario
Alan Greenspan, por casi dos décadas titular de la Reserva Federal, y
retirado apenas el año pasado. Con su habitual maestría y sentido
de la oportunidad, ocupó la escena de la nueva turbulencia, esta vez
con un lenguaje menos críptico que el que solía usar. Para Greenspan,
en síntesis, este fue un accidente que estaba esperando para suceder.
Si no hubiera sido en el campo de las hipotecas secundarias, habría sido
en otro. Todavía no sabemos –se excusa- si es una simple crisis
del mercado inmobiliario o si tendrá potencial para hundir la economía.
¿Soluciones? Ya no es tan fácil reducir la tasa de interés
y mantener calma la inflación.
No fue el único pronunciamiento.
Por ejemplo, para el FMI, la crisis será prolongada y recurrente. La
volatilidad financiera global, derivada de crisis hipotecarias en Estados Unidos
y otros países, tiene para largo rato. Hace apenas cinco meses, la entidad
sostuvo que no había riesgo de transtornos importantes. Pero ahora se
admite que “las consecuencias potenciales de estos episodios no debieran
subestimarse” como dijo el FMI en el informe sobre inestabilidad financiera
mundial.
“Las condiciones crediticias probablemente demoren en normalizarse. Pero,
antes, será preciso modificar ciertas prácticas peligrosas que
venían proliferando”, añade el Fondo. Entre ellas, las que
condujeron al peor colapso inmobiliario sufrido por EE.UU. en dieciséis
años, parcialmente replicado en Gran Bretaña, Alemania y España.
Este contexto de creciente iliquidez financiera global, señala el documento,
explica casos como la caja hipotecaria británica Northern Rock y otras,
que forzaron un salvataje oneroso. Similares problemas afrontan algunos bancos
alemanes de primera línea.
A punto de asumir Dominique Strauss-Kahn como nuevo director gerente, la entidad
reconocía que “los riesgos han aumentado significativamente. Habrá
turbulencias de largo alcance”. No obstante, el Fondo se aferra a sus
mitos. Por ejemplo, imagina que esta situación “puede desacelerar
un crecimiento de todas formas sólido”. En cuanto a las economías
en desarrollo, “quizás experimenten escasez de capitales externos”.
En otra muestra del “nuevo realismo”, el FMI reconoce que “las
metodologías de la agencias calificadoras de riesgo deben replantearse,
pues otorgaron altos puntajes a malas hipotecas y títulos vinculados,
cuyo valor se ha venido abajo. La complejidad a esos papeles ha impedido sopesar
su valor real, a causa de aquellos puntajes elevados”.
Por tanto, “en lo atinente a paquetes financieros complejos, es preciso
mirar más allá de las calificaciones”. Dicho mal y pronto,
dejar de creerles a Moody’s, Standard & Poor’s y Fitch Ratings.
Una crisis de grado superior
“La ola inflacionaria de los 70 sorprendió a analistas y autoridades.
Tampoco habían visto venir la depresión de 1929/32 ni las crisis
en Asia oriental y sudoriental (1997). Cada una fue precedida por anuncios de
nuevas, prósperas eras”.
Esto figura en el último informe anual del Banco de Ajustes Internacionales
(BAI, Basilea). Lo cita, a su vez, Fundación de Investigaciones y Desarrollo
Económico (FIDE, informe nº 200). La memoria del “banco central
de bancos centrales” es tan rica como incómoda para otras entidades
financieras multilaterales.
Recuerda, por ejemplo, que “la quiebra de Long-term Capital Management,
fondo especializado en derivativos, produjo en 1998 perturbaciones casi diez
veces peores que las previsibles. Por tanto, todas las presunciones básicas
–se lo suponía adecuadamente diversificado, líquido y capitalizado–
resultaron estrepitosamente erróneas”.
La fundación vincula ese tipo de errores con el libreto habitual de los
gurúes porteños “cuando reiteran advertencias sobre la ‘imprevisibilidad’
de la política económica argentina y sus ‘efectos negativos’
en las decisiones de quienes operan en el país. Supuestamente, la ausencia
de reglas claras y la permanente intervención estatal desalientan a potenciales
inversores”.
Lo anterior parece especialmente grave en el caso del capital extranjero, “acostumbrado
a la habitual certidumbre de los países serios, cuyos Gobiernos no se
meten con los mercados”. Pero lo cierto es que, en las últimas
semanas, sus autoridades monetarias “vienen interviniendo al punto de
dejar malparados a nuestros ortodoxos de cabotaje. La lección de los
países serios es que esa ortodoxia funciona a la hora de repartir ganancias,
pero deben intervenir cuando se trata de pérdidas”.
Tras el festín especulativo de 1997/2001, burbuja puntocom inclusive,
desde 2001 las tasas básicas bajaron (la japonesa casi tocó cero).
Pero eso no funcionó bien y, desde 2004, la Reserva Federal reinició
el alza, desde 1% hasta llegar en 2007 a 6,25% anual (redescuento) y 5,25% (tipo
referencial). En agosto, empero, fue preciso bajar a 5,75% el primer guarismo
y, en septiembre, a 4,75% la tasa básica. Esperando lo contrario en julio
comenzó “una corrida contra activos financieros –en buena
parte, bonos chatarra– que terminó de desfinanciar el segmento
de malas hipotecas”.
El gran casino
Para FIDE, todo era “un gran casino apalancado con crédito barato
y laxas regulaciones aplicadas por el gobierno de George W. Bush al sistema
bancario privado”. Pero la marea pasó a maremoto en agosto y afectó
los sistemas de otros países centrales. Entonces “¿qué
hizo la RF? Bajar medio punto las tasas claves, exactamente lo contrario de
las señales emitidas semanas antes. La inyección de US$ 600.000
millones –dos veces el producto bruto interno argentino–, entre
‘call’ de varios emisores y baja del redescuento norteamericano,
debía calmar los mercados”. Sin embargo, desde el 19 de septiembre
volvía el mal humor, el euro superaba US$ 1,40 y todos se pasaban a letras
de Tesorería huyendo de bonos privados. Esto comprueba la vacuidad de
los supuestos que maneja el neoconservadurismo financiero (mal llamado “liberal”:
Chicago o la escuela de economía londinense nunca lo fueron).
Una vez más, los mercados especulativos globales vuelven a experimentar
alta volatilidad. Pero, ahora, “con grados de incertidumbre sin precedentes.
Existe un consenso cada vez más general –señala FIDE–
de que, tal vez, estemos asistiendo al principios de una crisis de grado superior
en el sistema financiero impuesto hace más de treinta años”.
El auge especulativo “fue un viraje trascendente en la economía
mundial, ocurrido a inicios de los años 70, y es la causa esencial de
la permanente inestabilidad actual. La relación entre la masa de activos
financieros y el PB global pasó de 109% en 1980 a 316% en 2005. Pero,
en la Eurozona lo hizo a 300% y a 405% en Estados Unidos”. Así
señala Raúl Zibecchi en “Turbulencias financieras y América
latina”, editado en la Web (21 de agosto).
Otro síntoma relevante es que “el mundo financiero ya no se centra
en crédito a largo plazo, sino en simples transacciones, lo cual eleva
considerablemente los riesgos y, claro, las posibilidades de enriquecerse de
golpe. La cantidad de fondos de cobertura (derivados) creció de 610 en
1990 a 9.575 a mediados de 2007”. A partir de la crisis deflacionaria
japonesa de 1990/1, el sistema se ha vuelto más imprevisible que nunca.
Ni la RF ni el Banco Central europeo parecen capaces de desactivar su propio
engendro. Ahora bien, ¿qué pueden hacer?
“Poco o nada, según Paul Craig, subsecretario de hacienda bajo
Ronald Reagan”, citado por Valle. “La RF no puede moverse, sencillamente
porque ya no depende de sí sino de China, cuyas reservas ascienden a
más de US$ 1,2 billones, tres veces el total de la Eurozona. Si decidiera
desprenderse de los US$ 900.000 millones en letras de Tesorería, el dólar
dejaría de funcionar como moneda de reserva o cálculo”.
Sin duda, Beijing tiene razones para su actual cautela. Una desvalorización
traumática del dólar perjudicaría las exportaciones chinas
y de las empresas estadounidenses radicadas allá. Además, ¿qué
divisa podría reemplazar al dólar en sus diversas funciones?
