Por Daniel Alciro

Margaret Thatcher creó, en 1984, una empresa 100% estatal: la British Nuclear Fuels Limited (BNFL), a la cual le confirió el monopolio para producir y transportar combustibles nucleares.
Ella había privatizado el servicio de energía eléctrica, pero excluido deliberadamente la energía de origen nuclear. Sostenía que, por razones estratégicas, debía quedar en manos del Estado.
En Thatcherlandia, la privatización no fue una religión.
La Dama de Hierro estuvo al timón del Reino Unido durante 12 años. Ningún otro Primer Ministro, en la historia del país, ha gobernado por tanto tiempo. Thatcher tenía un fuerte respaldo popular: ganó, sucesivamente, tres elecciones generales. Durante su segundo y tercer período tuvo, además, mayoría propia en el Parlamento. Podía hacer y deshacer casi a voluntad.
Sin embargo, en más de una década de fuerte liderazgo, Thatcher no privatizó los ferrocarriles. Ni el correo. Ni el Servicio Nacional de Salud.
En los países avanzados, las políticas económicas se ajustan a las circunstancias. No derivan en religión.
Clement Attlee (Primer Ministro británico en el período 1941-1951) presidió la nacionalización de varias empresas, pero no por razones doctrinarias. La nacionalización fue parte del llamado “consenso de posguerra”, del cual participaron laboristas y conservadores.
Las I y II Guerra Mundial, caracterizada por el expansionismo imperial y el devastador poder de la aviación, habían hecho que Europa volviera a las guerras de ocupación, con aniquilamiento de poblaciones civiles. Temiendo una III Guerra Mundial, todos los estados europeos, y todos los Gobiernos –de izquierda y de derecha– estatizaron servicios como la energía o la telefonía, por considerarlos militarmente estratégicos.
Años más tarde, en medio de la inflación mundial provocada por la crisis del petróleo y los petrodólares, la voz de mando sería: parar la inflación. Para eso, ningún Gobierno europeo –ni de izquierda ni de derecha– vacilaría en aliviar la carga fiscal, transfiriendo empresas al sector privado. Sobre todo aquellas que, por la evolución tecnológica, habían dejado de ser militarmente estratégicas.
En la Argentina, siempre se copió.
En la posguerra, se copió (incondicional y fanáticamente) la estatización.
En los 90, se copió (incondicional y fanáticamente) la privatización.
En ambos casos, soluciones prácticas, coyunturales, fueron convertidas en un credo, abrazado con fanatismo. Se estatizó hasta el aire, y luego no se dejó nada sin privatizar.
Hay algo en nuestra cultura que nos hace pensar que el país será libre o dependiente, próspero o mísero, equitativo o injusto, según la forma de organización del Estado.
Es una concepción que hace muy difícil discutir y, mucho más, gobernar bien.
Los debates se reducen, entre nosotros, a la exhibición de etiquetas y el intercambio de slogans.
Durante años se ha discutido sobre los “estados” en que, según las diferentes percepciones, fue transformándose la Argentina:
• Estado de bienestar. El “Estado de bienestar” fue, para los sectores progresistas, una panacea; y para los conservadores, la causa de todos los males.
La expresión “Estado de bienestar” es la a traducción de Welfare State, expresión que acuñó el Arzobispo de Canterbury, William Temple, en las postrimerías de la II Guerra Mundial. Haciendo un juego de palabras, Temple dijo que, cuando acabara el conflicto, el Warfare State (Estado de guerra) por un Welfare State (Estado de bienestar).
Creado en la posguerra por consenso casi universal, el sistema sigue rigiendo hoy en los países más variados.
Pueden diferir en la extensión de los servicios prestados, pero todos reconocen que el Estado debe ofrecer, entre otros bienes, salud y educación a sus habitantes.
En Estados Unidos nadie propone seriamente que el Estado deje de financiar el Medicare (asistencia médica a mayores de 65) o el Medicaid (asistencia médica a gente de bajos recursos). Por otro lado, 50 millones de estudiantes estadounidenses se educan en las 100.000 escuelas públicas del país.
Como queda dicho, en el Reino Unido ni Thatcher osó tocar el Estado de bienestar. No privatizó la salud ni la educación.
• Estado omnipotente. Durante mucho tiempo se dijo en la Argentina que el país no podía crecer porque el Estado tenía demasiadas funciones y ponía demasiadas trabas.
Sólo quien haya vivido en un país como Francia sabe cuán excesivas son las leyes, regulaciones, reglas y condiciones burocráticas a que está sometida la actividad privada. Sin embargo, nadie diría que Francia es un país fracasado. Allí, hasta las empresas estatales funcionan, como lo ha demostrado Renault, la fábrica estatal de automotores.
Hoy, la estrella del mundo de los negocios es China: país que tiene uno de los Estados más omnipotentes de la Tierra.
La interferencia del Estado en la actividad privada puede ser disfuncional, indeseable, perturbadora y hasta contraproducente. Pero no es la causa eficiente del subdesarrollo, que obedece a otras razones.
• Estado mínimo. La expresión pertenece al extinto Robert Nozick, un profesor de Filosofía de Harvard que abogó por un “Estado mínimo, limitado a proteger contra la violencia, el robo, el fraude, el incumplimiento de los contratos, etc.”.
Nozick provocó debates académicos, pero sus libros no influyeron en la política estadounidense o mundial.
En la Argentina de los 90, muchos creían que el Estado mínimo era un desideratum.
• Estado ausente. El Gobierno de la época privatizó todo y lo hizo casi al unísono, sin planificación ni una regulación adecuada de los servicios a prestar por los privados. Algunos opositores comenzaron a quejarse, entonces, del “Estado ausente”: una maquinaria inútil, que ni producía bienes y servicios esenciales, ni vigilaba a aquellos en quienes había delegado la producción.
Todas las etiquetas implicaron una simplificación, y tanto la defensa como la crítica de ciertos principios se hizo con desmesura.
Una cosa es discutir qué sistema resulta, en principio, más favorable al desarrollo económico y social. Y otra cosa es iniciar una cruzada contra los herejes neoliberales. O una jihad contra los infieles estatistas.
Esto último fue lo que pasó, durante años, en la Argentina y otros países de la región.
Toda persona que defendía la iniciativa privada era acusada de “reaccionaria”, “neoliberal” (vocablo que por alguna razón se constituyó en un insulto), “insensible” u “oligarca”.
A su vez, la persona que creía en un rol productivo y social del Estado era tildada de “intervencionista”, “clientelista” (expresión que designa a quien quiere convertir la maquina estatal en fuente de falso empleo), “manipuladora” o “comunista”.
El Estado prepotente
Pero en estos momentos se está dando, en América latina, algo que no habrían deseado ni los devotos adoradores del mercado, ni los bienpensantes partidarios del Welfare State. Para continuar con las etiquetas, se lo podría llamar el Estado prepotente.
Por supuesto, siempre hubo autoritarismo.
Muchas de las prepotencias que hoy observamos en Gobiernos como el de Venezuela o la Argentina podrían resumirse en una frase del general José Félix Uriburu.
El 6 de septiembre de 1930, luego de derrocar a Hipólito Yrigoyen, Uriburu se hizo dueño del despacho presidencial. Como allí se reunió de inmediato demasiada gente, a discutir cómo se seguía, y había distintas opiniones, el general dio un puñetazo sobre la mesa presidencial y vociferó: “¡Acá mando yo, carajo!”.
El Estado prepotente es diferente del Estado autoritario.
No está en manos de una dictadura militar, establecida para sistematizar la represión.
Tampoco en manos de una dictablanda neofascista, o neomarxista, que procura imponer un proyecto nacional.
El Gobierno no está orgánicamente conformado por las Fuerzas Armadas.
Ni por un partido político que compite con otros.
Ni siquiera por un partido único con una sólida estructura y procedimientos preestablecidos.
El Estado prepotente es resultado de la crisis política y el encumbramiento de figuras que, de pronto, se ven en la cúspide del aparato institucional, sin una organización que los contenga ni fuerzas que los limiten.
La gente, desencantada con los partidos, vota candidatos. Es lo que se observa en el actual proceso electoral argentino: no hay un solo candidato que haya surgido de un partido político. Los aspirantes a la Jefatura de Estado se han nominado a sí mismos, o han sido lanzados por su entorno.
Una vez que la mayoría escoja a uno de esos aspirantes, el elegido, o la elegida, tendrá legitimidad de origen (en tanto habrá llegado al Gobierno mediante el voto popular) pero disfrutará de un poder ilegítimo, por lo irrestricto.
En un Estado prepotente se puede legislar desde el Ejecutivo, designar sucesor al cónyuge o amenazar a quien ajuste precios, sin que haya contrapesos.
Los golpes de Estado estaban amenazados por el contragolpe.
El régimen de partidos favorecía la alternancia en el poder.
Un sistema sin partidos políticos termina poniendo todo el poder del Estado en una persona (o un puñado de personas) sin que existan mecanismos institucionales para racionalizar ese poder.
Quienes han discutido durante años, a favor de distintos modelos de Estado, descubren hoy que sus encarnizadas luchas no han favorecido ni al modelo A ni al modelo B ni al modelo C.
Han destruido la institucionalidad y creado condiciones para la “caprichocracia”: el Gobierno del capricho.
Siete casos y un personaje
La intimidación como política anti-inflacionaria
Entre los empresarios, la personificación del Estado prepotente es el secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno. Lo acusan, cada vez con más insistencia, de “insolente” y “peligroso”. El directivo de una empresa española dice: “Es un zafio; un verdadero patán”, algo así como endilgarle que es grosero y tosco.

Los dimes y diretes son miles. Que da audiencias con un arma arriba del escritorio. Que insulta a sus interlocutores. Que los humilla. Que llama a casas particulares a horas de la madrugada. Que amenaza.
Si todo eso es cierto, habla muy mal del funcionario; pero también de los empresarios que consienten el mal trato. El “miedo a las represalias” no disculpa la falta de dignidad.
Los siguientes casos han llegado (todos) a la prensa. Unos porque medió acción judicial. Otros porque, aparentemente, las víctimas de la prepotencia hablaron en off:
Caso 1: “Ojalá que no te pase nada”
El presidente de la Oficina Nacional de Control Comercial Agropecuario (ONCCA), Marcelo Rossi, se niega a implementar medidas destinadas a frenar la suba de la carne.
El ONCCA lleva el Registro de Operaciones de Exportación (ROE), administra los subsidios para la producción de maíz y distribuye la codiciada Cuota Hilton. Moreno quería que Rossi usara ese poder para torcerles el brazo a los ganaderos, obligándolos a observar los precios oficiales. El titular del ONCCA advierte que eso equivaldría a extorsionar. Al término de una breve discusión, Moreno concluye: “Bueno, nene, estás en un quilombo. Ojalá que no te pase nada”.
El titular de ONCCA renuncia de inmediato y declara a la prensa: “Moreno me amenazó. Temo por la seguridad de mi familia”. Subraya que, mientras hablaba con él, Moreno se golpeaba el hombro izquierdo con el índice y el dedo medio de la mano derecha, sugiriendo que tenía charreteras.
Basándose en esas declaraciones, el diputado nacional Adrián Pérez presentará una denuncia por amenazas coactivas agravadas: un delito que el Código Penal sanciona con pena de hasta 10 años de prisión.
Caso 2: “Quiero la lista de los comerciantes”
El fiscal federal Carlos Stornelli solicita que se cite a Moreno a prestar declaración indagatoria por presunto abuso de autoridad: habría querido forzar a directores del Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (Indec) a que le dieran una lista de comercios. Se trata de aquellos comercios entre los cuales se hace la encuesta mensual para medir la inflación. Como semejantes datos están protegidos por el secreto estadístico, los funcionarios se negaron a entregarlos y, como consecuencia, perdieron sus cargos. Los reemplazantes sí le dieron a Moreno la información que quería, aparentemente, para “apretar” a los comerciantes y lograr que frenaran las subas
El ex ministro de Economía, Roberto Lavagna, también denunció a Moreno, el 18 de septiembre, por intimidación y amenazas a empleados del Indec.
Caso 3: “¿Sabés a cuántos me cargué?”
Encuentro de Moreno con un productor rural en Rosario. El secretario, atenazando con los dedos mayor e índice de su mano derecha una mejilla del productor: “¿Sabés a cuantos gorditos como vos ya me cargué?”. Es un método para explicar que los productores debían abstenerse de trasladar mayores costos a precios.
Caso 4: “Yo en cinco segundos hago echar a un gerente”
Respuesta de Moreno al ejecutivo de una cerealera, que acababa de entregarle su tarjeta: “¿Así que vos sos gerente? Mirá que bien. Yo no tardo ni cinco segundos en hacer echar a un gerente como vos. ¿Sabés cuanto me costó rajar a Roberto Brandt, de MetroGas? Una llamada a Londres”. En buen romance: “O congelás los precios o perdés el puesto”.
Caso 5: “Te va a llamar un coronel del Batallón 601”
Ariel Garbarz, director del Proyecto Nacional de Teleinformática de la Universidad de Buenos Aires, revela que hay 48.000 líneas de teléfonos “pinchadas” por la Side. En este caso, no para espiar a comerciantes que aumentan precios, sino para monitorear a los opositores. Moreno le advierte a Garbarz: “No hagas boludeces. Te va a llamar un coronel del Batallón 601 del Ejército”.
Durante la dictadura, el Batallón 601, bajo el control del general Guillermo Suárez Mason, llevó a cabo tareas de inteligencia y represión, incluidos secuestros.
Caso 6: “Ustedes son carniceros, no economistas”
Moreno se apresta a recibir a más de 40 cooperativistas ganaderos de la provincia de Buenos Aires. Una secretaria los obliga, antes de entrar, a que dejen la dirección particular, el teléfono y el celular de cada uno.
En la reunión con el secretario, los cooperativistas explican que, dados los costos existentes, los precios máximos los llevarán a la quiebra. Moreno: “¿Qué saben ustedes? Ustedes son carniceros, no economistas. Aquí el único economista soy yo. Ustedes no saben ni coger”.
Indignados, dos cooperativistas (sólo dos) abandonan la sala.
Al rato, quien se va (dejando a los visitantes, desconcertados, en su despacho) es el propio Moreno. Lo escoltan cuatro patovicas: “Ojo que estos me van a seguir custodiando cuando ya no sea secretario”, advierte. Es por si alguien planea una venganza futura.
Caso 7: “O rebajan los precios o les mando la AFIP”
“Me importa tres carajos el tema de los costos. Ustedes van a retrotraer los precios a agosto pasado porque sino, les mando la AFIP a todos y les hago hacer una integral”. Así se expresa Moreno ante industriales textiles, convocados por él a una reunión en la Secretaría.
Federico Bonomi, licenciatario de la marca Kosiuko, se ha negado a asistir. A los pocos días, su empresa será acusada de usar bolivianos o peruanos en talleres clandestinos.
Algunos miembros del gabinete sostienen que Moreno no habla en serio. “Tiene un sentido del humor que muchos no entienden”, dicen.
Entre los que no entienden están los empresarios. Para ellos, Moreno habla bien en serio. Esto les causa inquietud, más aun cuando el Presidente avala los actos del secretario con un extraño argumento: “Moreno es más bueno que Lassie”, dice Kirchner, para desoír cualquier denuncia de intimidación.
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Desde el Salón Blanco
Las presiones gubernamentales, en la Argentina actual, no las ejerce sólo el secretario de Comercio Interior en privado. |
Un texto revelador
La omnipotencia del Estado, según Alberdi
Por lo general, se supone que el Estado omnipotente es un fenómeno del siglo 20. Se lo asocia al comunismo, o a las corrientes políticas que procuraron competir con la Unión Soviética; como la socialdemocracia europea o el populismo latinoamericano. En el texto que sigue, se sostiene que el Estado omnipotente se remonta a la noción grecorromana de Patria.

El texto es una condensación del discurso titulado “La Omnipotencia del Estado es la Negación de la Libertad Individual”, que Juan Bautista Alberdi pronunciara el 24 de mayo de 1880 en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires.
Una de las raíces más profundas de nuestras tiranías modernas en Sudamérica es la noción grecorromana del patriotismo y de la Patria.
La Patria, tal como la entendían los griegos y los romanos, era omnipotente y sin límites respecto de los individuos de que se componía. Constituía la negación de la libertad individual.
La gran revolución que trajo el cristianismo cambió radicalmente las bases del sistema social grecorromano. Sin embargo, el Renacimiento revivió los cimientos de la civilización pasada.
De ahí el despotismo de los reyes absolutos que surgieron con el feudalismo de la Europa regenerada. El Estado, o la Patria, continuó siendo omnipotente respecto de la persona de cada uno de sus miembros. Esto es, fueron omnipotentes los monarcas o soberanos en los cuales el Estado, o la Patria, se personifican. Los que no dijeron: “El Estado soy yo”, igual lo pensaron.
Sublevados contra los reyes, los pueblos, los reemplazaron en el ejercicio del poder de la Patria, pero conservando el poder omnímodo de ella sobre la persona.
La sociedad cristiana y moderna, en la cual el hombre y sus derechos son, teóricamente, lo principal, siguió en realidad gobernándose por las reglas de las sociedades antiguas y paganas.
Divorciado de la libertad, el patriotismo se unió con la gloria.
La Patria es libre, en cuanto no depende del extranjero; pero el individuo carece de libertad, en cuanto depende del Estado.
Tal es el régimen social que ha producido la Revolución Francesa, y tal la sociedad política que en la América latina han producido el ejemplo y repetición.
El Contrato social de Rousseau, convertido en catecismo de nuestra revolución por su ilustre corifeo Mariano Moreno, ha gobernado a nuestra sociedad, en la cual el ciudadano ha seguido siendo una pertenencia del Estado omnipotente.
El destino de Norteamérica
Otro fue el destino y la condición de la sociedad que puebla la América del Norte. Esa sociedad debió al origen sajón su régimen político de gobierno, en el cual la libertad de la patria tuvo por límite la libertad del individuo.
Si el Estado fue libre del extranjero, los individuos no lo fueron menos respecto del Estado. Así ocurría en Europa la sociedad anglosajona y así ocurrió en Norte-América la sociedad angloamericana.
A la libertad del individuo, que es la libertad por excelencia, debieron los pueblos del Norte la opulencia que los distingue. Haciendo su propia grandeza particular, cada individuo contribuyó a labrar la de su país.
Este aviso interesa altamente a la salvación de las Repúblicas americanas de origen latino. Sus destinos futuros deberán su salvación al individualismo, o no los verán jamás salvados si esperan que alguien los salve por patriotismo.
Las sociedades que esperan su felicidad de la mano de sus Gobiernos esperan una cosa que es contraria a la naturaleza.
En los pueblos latinos los individuos que necesitan un mejoramiento general alzan los ojos al Gobierno, suplican, lo esperan todo de su intervención y se quedan sin agua, sin luz, sin comercio, sin puentes, sin muelles, si el Gobierno no se los da todo hecho.
Pero no debemos olvidar que no fue griego ni romano todo el origen de la omnipotencia del Estado en Sudamérica. En todo caso no sería ése sino el origen mediato, pues el inmediato origen de la omnipotencia fue la organización que España dio a sus Estados coloniales en el Nuevo Mundo, que no fue diferente en ese punto de la que se dio a sí misma en el Viejo Mundo, derivada de su pasado de colonia romana, que lo fue antes de ser provincia romana.
A pesar de nuestras constituciones modernas, copiadas de las que gobiernan a los países libres de origen sajón, ningún liberal discute entre nosotros que el derecho del individuo debe ceder ante el derecho del Estado en ciertos casos.
La República, por tanto, continuará siendo gobernada para provecho de los poderes públicos.
Las Constituciones pueden calificar de crimen legislativo el acto de dar poderes extraordinarios y omnímodos a los gobernantes; pero esa magnífica disposición no impide que todos los poderes y fuerzas económicas del país queden de hecho a la discreción del Gobierno.
Si se deja en el Estado la suma del poder público, se lo deja en manos del Gobierno en el cual el Estado se encarna.
Las rentas de la tierra y del trabajo anual del pueblo irán a cualquier parte, menos al pueblo. Las viejas arcas, que guardaban el Real Tesoro, quedarán en manos de la clase a quien le quepa el privilegio de seguir ocupando la esfera del antiguo poder colonial.
El peligro del despotismo
Lo que entendemos por Patria y patriotismo habitualmente es muy peligroso para la organización de un país libre. Lejos de conducir a la libertad, puede llevar al polo opuesto, es decir, al despotismo.
El que ama a la Patria sobre todas las cosas no está lejos de darle todos los poderes y hacerla omnipotente.
La libertad individual significa ausencia de todo poder omnipotente y omnímodo en el Estado.
Esa omnipotencia es no solamente la negación de la libertad, sino también la negación del progreso social, porque ella suprime la iniciativa privada. El Estado se hace fabricante, constructor, empresario, banquero, comerciante, editor y se distrae así de su mandato esencial y único, que es proteger a los individuos de que se compone contra toda agresión interna y externa.
En todas las funciones que no son de la esencia del Gobierno, obra como un ignorante y como un competidor dañino de los particulares, empeorando el servicio del país, lejos de servirlo mejor. La administración pública se vuelve industria y oficio para la mitad de la sociedad. El ejercicio de esa industria administrativa y política, es mero oficio de vivir.
Otro de los grandes inconvenientes de la noción romana de la Patria es que, como la patria era un culto religioso, ella engendraba el fanatismo. De ahí nuestros cantos a la Patria, entendidos de un modo místico, que han excedido a los cánticos religiosos del patriotismo antiguo y pagano.
La libertad es fría y paciente, no entusiasta. El entusiasmo engendra la retórica, el lujo del lenguaje, el tono poético, que va tan mal a los negocios, y todas las violencias de palabra, precursoras de las violencias y tiranías de la conducta.
El entusiasmo patrio es un sentimiento peculiar de la guerra, no de la libertad, que se alimenta de la paz.
La Patria fue adorada como una especie de divinidad y su culto produjo un entusiasmo ferviente como el de la religión misma.
En el nacimiento de los nuevos Estados de Sudamérica, San Martín, Bolívar, Sucre, O’Higgins, Belgrano, que se habían educado en la Península, entendieron la libertad como la independencia respecto de España, de la misma manera que España la había entendido como la independencia respecto de la Francia napoleónica.
Si esos grandes hombres no defendieron la libertad individual entendida como límite del poder del Estado, es porque no la habían aprendido. ¿De dónde podrían haberlo hecho? ¿De España, que jamás la conoció en el tiempo en que ellos se educaron allí? Washington y sus contemporáneos estuvieron en el caso opuesto. Ellos conocían mejor la libertad individual que la independencia.
La gloria de nuestras grandes personalidades históricas continuó eclipsando la verdadera libertad, que es la libertad del hombre.


