jueves, 23 de abril de 2026

    Brasil, líder regional y ahora potencia petrolera


    Ilustración: Agustín Gomila

    Nadie duda, desde hace varios años, de que Brasil se ha convertido en
    una potencia regional y en una de las grandes economías del mundo. Para
    aquellos a quienes les resultaba imposible tragarse la píldora, ahora
    llegó la hora de reconocer esas verdades.
    El hallazgo de grandes reservas petroleras a gran profundidad en el océano
    –y la capacidad para encontrarlas y explotarlas que ha demostrado nuestro
    vecino– justo cuando el barril de crudo roza los US$ 100, le confiere
    a Brasil el rango de protagonista de relevancia en el campo energético.
    El descubrimiento –cuyo anuncio público fue estudiado con precisión
    (es obvio que Lula sabía hace rato del hallazgo)– es el más
    importante que se haya registrado en todo el mundo desde el de 2001 en Kazajstán.
    En pocos años, cuando se conozca con exactitud el contenido de los nuevos
    yacimientos, el socio mayor del Mercosur puede acreditar reservas superiores
    a las de México.
    Si algo le faltaba a este país, era precisamente la certeza de su autonomía
    petrolera. La nueva realidad cambia a su vez, y de modo sustancial, el escenario
    geopolítico de la América del sur. Ahora, en poco tiempo más
    será un gran exportador, un centro petrolero de importancia con el potencial
    de redefinir las relaciones de todo un continente ávido de confiables
    suministros energéticos.
    No hay que olvidar la capacidad de generar energía hidroeléctrica
    que tienen los brasileños, y que también están a la vanguardia
    en combustibles alternativos como el etanol obtenido a partir de la caña
    de azúcar. Toda una usina de generación energética continental.
    Lo que significa una disminución de la influencia que pretenden tener
    Venezuela y Bolivia, dos productores y exportadores de crudo y de gas. En el
    caso boliviano, el gobierno de Evo Morales deberá hallar muy pronto una
    nueva vía de negociación con su gigantesco vecino para colocar
    su gas a precio equitativo sin que aumenten las fricciones que ya existen. No
    hay duda de que deberá retroceder o reconsiderar su ofensiva contra Petrobras.
    La Venezuela de Hugo Chávez debió digerir la noticia en simultáneo
    con su crisis de relaciones con España (y con la UE) y luego con Colombia.
    Además, con la mayor discreción posible, Petrobras anunció
    que se retiraba del proyecto gasífero con Caracas, lo que sepultó
    definitivamente el sueño del Gran Gasoducto, desde el Caribe hasta el
    Río de la Plata.
    La influencia de Chávez ha sido recortada con el mero anuncio brasileño,
    y un nuevo contrapeso a su billetera petrolera aparece en el horizonte. Chile
    y Uruguay toman distancia, y la Argentina de Cristina Kirchner redescubre las
    bondades del eje estratégico Brasilia-Buenos Aires. Excepto por Ecuador
    y Centro América, la influencia de Chávez se ha evaporado o está
    seriamente acotada en el sur del continente.
    El gobierno de Lula, socio del IBS (India, Brasil y Sudáfrica) ve crecer
    más su influencia en este grupo de países que pretenden tener
    un sitio permanente en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Tal vez,
    con tanto a favor, es el momento de redefinir e impulsar el Mercosur brindando
    –como hizo Alemania en el proceso que terminó en la Unión
    Europea– ventajas a los socios menores para corregir evidentes asimetrías.
    Entre tanto, la Argentina se ilusiona con la capacidad técnica de Petrobras
    para detectar petróleo en el fondo del océano – si lo hubiera–
    y para extraerlo. La esperanza es un hallazgo similar en nuestras aguas.
    Muy prometedoras fueron las palabras del asesor internacional de Lula Da Silva.
    Marco Aurelio García aseguró que tienen “fundadas presunciones
    de que en el litoral argentino existe un enorme manantial de petróleo
    mar adentro, que es similar al que hemos encontrado en Brasil”.
    Esta posibilidad, sumada a la activa presencia de Petrobras en la subregión
    (que ha anunciado su vuelta a Bolivia luego de la dura negociación por
    la nacionalización de los hidrocarburos en el Altiplano), y al anuncio
    del descubrimiento del yacimiento Tupí (con hasta 8.000 millones de barriles
    de petróleo posibles, que ubican a este país entre los principales
    países petroleros), desplazan el potencial integrador del liderazgo de
    Chávez, cuya carta fundamental es la energética.
    A ello, se suma que la política exterior de Cristina buscará posicionarse
    lejos de la conflictiva retórica chavista, aunque en reuniones diplomáticas
    no se la escuche hablar mal del líder bolivariano.
    El golpe para Venezuela es mayor, si se considera el retiro de Petrobras, anunciado
    por su presidente, José Sergio Gabrielli, de la construcción del
    mega-gasoducto sudamericano, que parece naufragar antes de lo previsto.
    Así, el anunciado eje Buenos Aires-Brasilia-Caracas parece perder una
    de sus tres patas. Funcionarios argentinos y brasileños no han dejado
    de mostrar real interés en que Venezuela se sume al Mercosur. Sin embargo,
    ambos, bajo tutela brasileña, parecen haberlo bajado del elenco principal.
    “No será Bolivia, pero tampoco será Brasil”, parece
    ser el lema.
    Marco Aurelio García lo situó de forma más clara: “La
    política sudamericana se va a beneficiar con una buena relación
    entre la Argentina y Brasil. Se dijo que la Unión Europea no existiría
    sin la buena relación entre Francia y Alemania. Lo mismo ocurre en América
    del Sur. Si queremos una política que sea consistente debe tener un sólido
    eje Argentina-Brasil”.
    Será así: el país gobernado por Chávez no será
    Bélgica, pero tampoco será Alemania.

    La crisis traerá más regulación pública

    Los analistas estadounidenses coinciden en que es la crisis más grave
    de los últimos 50 años. Más moderado, Martín Redrado,
    presidente del Banco Central argentino, advierte que es la más profunda
    de la última década y que continuará todavía por
    un buen tiempo, impulsada por la situación de las hipotecas en ese país.
    Ahora es que se aprecian con mayor claridad las turbulencias causadas por la
    subprime crisis de los últimos meses. El monto del desastre
    asciende a US$ 900 mil millones (casi cuatro veces el PBI argentino). Pero eso
    no es todo: el temor es que la crisis se extienda ahora a las tarjetas de crédito
    (para pagar cuotas de hipotecas y además por un hiperconsumo fogoneado,
    la gente se endeudó en exceso). El total acumulado de la deuda pendiente
    en plásticos es de US$ 915 mil millones, algo más que la estimada
    para la de hipotecas.
    Todo indica que hay gran responsabilidad de buena parte del sistema financiero,
    que hasta bien declarada la crisis siguió comprando deuda securitizada
    con deuda subprime, proceso que provocó ingentes pérdidas
    en los balances trimestrales de los bancos. Y de paso, escandalosos despidos
    en la cúpula de muchas organizaciones (aunque siempre con jugosas indemnizaciones).
    Después de los colapsos de empresas de la década pasada (desde
    Enron a World Com, pasando por una lista que parece interminable), surgió
    el clamor de la autoregulación, y también las disposiciones de
    la ley Sarbanes Oxley que, se suponía, bastarían para poner en
    caja el desmadre y evitar la repetición de hechos como los actuales.
    La última portada de la revista Fortune golpea con este titular:
    “¿Qué estaban fumando?”. La droga ingerida al por
    mayor por los banqueros fue codicia imprudente.
    ¿Fue una crisis impredecible? Hace dos años, el prestigioso ensayista
    Paul Krugman decía: “los estadounidenses ganan vendiendo casas,
    uno al otro, pagando con dinero prestado por los chinos. De alguna manera, no
    parece un sistema de vida sostenible”.
    A pesar de todas las luces rojas, siguieron las emisiones de deuda avaladas
    con dudosas hipotecas. Además, la sospecha es que lo peor de la crisis
    se acumuló al final de la burbuja inmobiliaria, perjudicando a millones
    de inversionistas de buena fe.
    Que pierdan los accionistas de los bancos es triste, pero está dentro
    de las reglas del juego. Que los inversionistas sean estafados, no. Y que los
    dueños de casas compradas a precio alto, las pierdan por no poder pagar,
    es un grave problema social.
    Peor aún, la recesión o la disminución en el crecimiento
    económico significará que los bancos que apilan reservas están
    comprometiendo buena parte de su capital. Lo que significa que perderán
    capacidad de prestar. En la hipótesis máxima, se reduciría
    en US$ 2 billones (millones de millones) lo que empujaría hacia una recesión
    muy dura.
    El saldo adicional es la crisis de confidencia. Guste o no, avanza una marea
    regulatoria para impedir estos excesos en el futuro. Y mucho más profunda
    que la de la década anterior. Si se impone en Estados Unidos, se extenderá
    por el resto del mundo capitalista. Incluso a los llamados países emergentes,
    como la Argentina.
    Hasta ahora, estos países, como dijo Redrado en jerga futbolera, han
    visto la crisis desde la tribuna. Pero si Estados Unidos entra en recesión,
    y China le sigue, nada evitará que también lleguen sus coletazos
    hasta estas playas.