Por Jorge Beinstein

Todavía resuenan (cada vez más lejanos) los discursos acerca del “siglo americano”, el 21. Ya vivimos intensamente la nueva era pero no se parece a esos pronósticos evidentemente alentados por el primer capítulo del fin de la guerra fría marcado por la caída de la URSS.
La URSS y Estados Unidos se presentaban como dos expresiones opuestas de la modernidad industrial, la victoria (que ahora empezamos a percibir como provisoria) de la superpotencia occidental motivó el florecimiento de una moda ideológica “capitalista” que afirmaba de manera extremista todo lo que había negado el enemigo vencido (y viceversa). A esa moda se le llamo “neoliberalismo”, canto optimista al progreso indefinido de un sistema global seriamente enfermo donde la especulación financiera se había convertido en el motor de la vida económica y cuyo centro hegemónico aparecía atravesado al igual que su difunto rival por la megalomanía militar y el autismo de las camarillas del Poder. Estos paralelismos seguramente sonarán de manera extraña a los oídos de la vieja generación aunque les resultarán probablemente lógicos a quienes han tomado suficiente distancia del siglo 20.
El proceso reciente
Una sobre abundante literatura nos explica ahora con todo detalle la trayectoria de los préstamos inmobiliarios inflados durante la administración Greenspan-Bush como instrumento de reactivación económica, sobre todo la de los créditos (motorizados por tasas de interés en descenso desde comienzos de 2001) dirigidos a los sectores de menores recursos.
La insolvencia de buena parte de los mismos suele ser cargada a la suba de tasas de interés iniciada a mediados de 2004 destinada a frenar la burbuja de préstamos, sin embargo es necesario señalar que la causa central del problema ha sido el estancamiento en términos reales del grueso de los salarios de tal manera que el ingreso familiar promedio estadounidense de 2007 era inferior al del año 2000 (ver el gráfico “Cambio en el ingreso medio familiar real”).

En realidad la Casa Blanca pretendía al mismo tiempo frenar los salarios medios y bajos (asegurando elevadas rentabilidades empresarias) y alentar el consumo masivo (a través del crédito): una verdadera cuadratura del círculo. Tarde o temprano tenía que saturarse la capacidad de endeudamiento no sólo de las clases inferiores sino también la de un amplio espectro de capas medias, lo que empezó a insinuarse hacia mediados de 2006 para llegar al punto crítico un año más tarde.
La política de tasas de interés bajas y créditos personales abundantes sumado a las reducciones fiscales para los grupos de altos ingresos y al incremento de los gastos militares reanimaron la economía golpeada por el desinfle de la burbuja bursátil de la era Clinton. Pero hizo crecer los desequilibrios fiscales y del comercio exterior y sobre todo la acumulación de un endeudamiento gigantesco de las empresas, las familias y el Estado. Por ejemplo, la deuda del Estado Federal pasó de US$ 5,7 billones (millones de millones) en enero de 2001 a US$ 9,4 billones a mediados de marzo de 2008. La deuda total estadounidense (estatal, empresaria y familiar) supera actualmente los US$ 50 billones cifra equivalente al Producto Bruto Mundial.
Ante los primeros síntomas de recesión el Gobierno reaccionó con reducciones fiscales por unos US$ 150 mil millones, bajas de tasas de interés e inyección de liquidez en un sistema de crédito en crisis tratando así de alentar el consumo y la inversión. Pero esas medidas no pueden resolver la cuestión de fondo que no es el pesimismo de los consumidores y los empresarios sino la saturación general de la capacidad de endeudamiento privada y pública. En consecuencia, el enfriamiento económico resulta inevitable; lo único que pueden hacer las autoridades es tratar de aminorar su intensidad.
Por otra parte, la recesión viene acompañada por una inflación en ascenso gradual impulsada por la suba del precio del petróleo e irradiando sobre un amplio espectro de bienes y servicios. No se trata de un fenómeno de corto plazo sino de una tendencia que se fue imponiendo de manera irregular desde comienzos de la década actual (ver el gráfico “Precios al consumidor en Estados Unidos”). Los últimos datos son alarmantes configurándose así un panorama de estanflación (estancamiento más inflación) que reduce drásticamente el margen de maniobras de los responsables de la política económica.
Por ejemplo, cualquier acción tendiente a reactivar la economía (reducción de la tasas de interés o de la presión fiscal) puede traer más inflación mientras que medidas anti inflacionarias como la suba de tasas o la reducción del gasto público profundizarían la recesión. En fin, la persistente caída del dólar aporta efectos inflacionarios adicionales en una economía fuertemente dependiente de las importaciones en especial las energéticas.

Ahora se multiplican las críticas a la estrategia de reactivación adoptada por la Casa Blanca a comienzos de la década, especialmente entre los dirigentes de la oposición; sin embargo una visión más amplia nos permitiría observar que la política económica de los republicanos centrada en la expansión de una mega burbuja financiera (inmobiliaria) no se desvió demasiado de la etapa anterior cuando gobernaban los demócratas con base también en una burbuja especulativa (bursátil). Después de todo fue el mismo titular de la Reserva Federal, Alan Greenspan, quien durante ambas administraciones puso en marcha las medidas de recuperación.

Alan Greenspan
El largo plazo
Para entender lo que está ocurriendo así como sus posibles desarrollos futuros, puede ser útil tomar en consideración algunos fenómenos pesados que han ido moldeando el comportamiento de la economía estadounidense en el último cuarto de siglo, varios de ellos originados mucho tiempo antes.
En primer lugar, el proceso de deterioro de la cultura productiva gradualmente desplazado por una explosiva combinación de consumismo y prácticas financieras. La precarización laboral incentivada a partir de la presidencia Reagan buscaba disminuir la presión salarial e impulsar la competitividad internacional de la industria estadounidense. A corto plazo se lograron los resultados esperados pero a largo plazo se fue degradando la cohesión laboral, el interés de los asalariados hacia las estructuras de producción. Ello derivó en una creciente ineficacia de los procesos innovadores que pasaron a ser cada vez más difíciles y caros comparados con los de los principales competidores globales (europeos, japoneses, etc.).
Junto a ello, se fue expandiendo la masa de negocios financieros que absorbía capitales que no encontraban espacios favorables en el tejido industrial y otras actividades productivas. Al mismo tiempo las empresas y el Estado demandaban esos fondos, las primeras para desarrollarse, concentrase, competir en un mundo cada vez más duro, y el segundo para solventar sus gastos militares y civiles que cumplían un papel muy importante en el sostenimiento de la demanda interna. Recordemos por ejemplo las erogaciones descomunales motivadas por la llamada “Iniciativa de Defensa Estratégica” (mas conocida como “Guerra de las Galaxias”) lanzada por Reagan en 1983 en el momento en que la desocupación superaba 10% de la Población Económicamente Activa (la cifra más alta desde el fin de la Segunda Guerra Mundial).
Un segundo fenómeno decisivo fue la concentración de ingresos: hacia comienzos de los años 80, 1% más rico de la población absorbía entre 7% y 8% del Ingreso Nacional. Veinte años después la cifra se había duplicado y en 2007 se acercaba a 20%: el más alto nivel de concentración desde fines de los años 20 (1).
Contrariamente a lo que enseña la teoría económica, la concentración no derivó en mayores ahorros e inversiones industriales sino en más consumo y más negocios improductivos que con la ayuda del boom de las tecnologías de la información y la comunicación engendraron un universo semi virtual por encima del mundo, casi mágico, donde fantasía y realidad se mezclan caóticamente. Por allí navegaron (y aún navegan) millones de estadounidenses, en especial las clases superiores.
Enlazado a lo anterior irrumpió una tercera tendencia hacia la desestructuración de la integración social, uno de cuyos aspectos más notables es el incremento de la criminalidad y de la subcultura de la transgresión abarcando a los mas variados sectores de la población, acompañado por la criminalización de pobres, marginales y minorías étnicas. Actualmente las cárceles estadounidenses son las más pobladas del planeta. Hacia 1980 alojaban a unos 500 mil presos, en 1990 a cerca de 1.150.000, en 1997 eran 1.700.000 a los que había que agregar 3.900.000 en libertad vigilada (probation, etc.), pero a fines de 2006 los presos sumaban unos 2.260.000 y los ciudadanos en libertad vigilada unos 5 millones; en total más de 7.200.000 de estadounidenses se encontraban bajo custodia judicial (2).

Un quinto aspecto es la larga marcha del llamado Complejo Industrial Militar, área de convergencia entre el Estado, la industria y la ciencia que se fue expandiendo desde mediados de los años 1930 atravesando gobiernos demócratas y republicanos, guerras reales o imaginarias, períodos de calma global o de alta tensión. Algunos autores, entre ellos Chalmers Johnson, consideran que los gastos militares han sido el centro dinámico de la economía estadounidense desde la Segunda Guerra Mundial hasta las guerras eurasiáticas de la administración Bush-Cheney pasando por Corea, Vietnam, la Guerra de las Galaxias y Kosovo.
Según Johnson, que define a la estrategia sobre determinante seguida en las últimas siete décadas como “keynesianismo militar”, el gasto bélico real del ejercicio fiscal 2008 superaría los US$ 1,1 billones (millones de millones), el más alto desde la Segunda Guerra Mundial (3).
Estos gastos han ido creciendo a lo largo del tiempo involucrando a miles de empresas y millones de personas, de acuerdo a los cálculos de Rodrigue Tremblay, profesor emérito de la Universidad de Montreal. En el año 2006, el Departamento de Defensa de Estados unidos empleó a 2.143.000 personas, mientras que los contratistas de la defensa privada empleaban a 3.600.000 trabajadores (en total 5.743.000 puestos de trabajo) a los que hay que agregar unos 25 millones de veteranos de guerra. En suma, en Estados Unidos unas 30 millones de personas reciben de manera directa e indirecta ingresos provenientes del gasto militar (4).

George W. Bush
El efecto multiplicador del sector sobre el conjunto de la sociedad posibilitó en el pasado una prolongada prosperidad, Scott MacDonald la califica como “the guns and butter economy”, es decir una estructura donde el consumo de masas y la industria bélica se expandían al mismo tiempo (5).
Pero al parecer este largo ciclo estaría llegando a su fin; la magnitud alcanzada por los gastos militares ha terminado por causar un déficit fiscal que genera inflación y degrada el valor internacional del dólar, su incidencia política e institucional le confirió un enorme poder a grupos de presión cuyo comportamiento impone estrategias de gobierno irracionales. Por otra parte, la creciente sofisticación tecnológica paralela al encarecimiento de los sistemas de armas ha alejado cada vez más a la ciencia militarizada de sus eventuales aplicaciones civiles lo que afecta negativamente a la eficiencia y la competitividad industrial.
Esta separación ascendente entre la ciencia-militar (devoradora de fondos y de talentos) y la industria civil llegó a niveles catastróficos en el período terminal de la ex Unión Soviética, ahora la historia parece repetirse. Además, la sofisticación tecnológica se corresponde con empleos decrecientes de mano de obra.
A todo esto se agrega un acontecimiento inesperado, las guerras de Irak y Afganistán y de manera indirecta el fracaso de la ofensiva israelí en el Líbano muestran la ineficacia operativa de la súper compleja (y súper cara) maquinaria bélica de última generación puesta en jaque por enemigos operando de manera descentralizada y con armas sencillas y baratas.
Esto esta planteando una grave crisis de percepción (una catástrofe psicológica) entre los dirigentes del complejo industrial militar de Estados Unidos y de la OTAN (en la historia de las civilizaciones no es esta la primera vez que ocurre un fenómeno de este tipo).
Concluyo la larga lista de males que perjudican a Estados Unidos señalando su dependencia creciente de las importaciones de petróleo. Todavía en los años 1950 Estados Unidos era no sólo autosuficiente en materia energética sino el primer productor de petróleo, pero hacia 1970 la producción comenzó a decrecer, antes del fin de esa década la importaciones cubrían 30% del consumo y a mediados de la década actual se acercaban a 65%.
De todos modos, los estadounidenses pudieron durante mucho tiempo importar a precios bajos; pero ahora la situación ha cambiado, la cercanía del peak oil (cima de la producción petrolera mundial) combinada con el debilitamiento del dólar está llevando el precio del barril a niveles nominales nunca antes alcanzados. Y el reemplazo parcial de combustible de origen fósil por biocombustibles (en el que también están empeñadas la otras grandes potencias industriales) reduce la disponibilidad relativa global de tierras agrícolas para la producción de alimentos lo que provoca la suba general de los precios de los productos de la agricultura con lo que el efecto inflacionario se amplifica.
Dimensión global
Sin embargo, los males señalados no nos deben hacer olvidar que Estados Unidos constituye el principal mercado internacional y de lejos la primera potencia militar, su poder global de presión es inmenso. Lo que significa que su capacidad para hacer “compartir” sus problemas al resto del mundo es muy alta.
Una recesión muy fuerte de Estados Unidos afectaría de manera grave a las industrias de Japón y China, el colapso del dólar anularía el potencial exportador de la Unión Europea, también diluiría la grandes reservas dolarizadas de China (US$ 1,5 billones), Rusia y América latina (más de US$ 400 mil millones en ambos casos). También desataría el caos en el mundo de los negocios con productos financieros derivados (más de US$ 500 millones de millones), etc. Estados Unidos no es sólo una superpotencia sino además (principalmente) el espacio central de una densa red mundial de negocios comerciales, financieros e industriales lo que impide tanto a los estadounidenses cortar lazos con las otras potencias como también a éstas “desacoplarse” del gigante enfermo.
En realidad la “enfermedad” del gigante es la expresión de un deterioro global mucho más vasto. Por ejemplo, la crisis energética es el resultado de sistemas de producción con base en el petróleo y otros recursos no renovables lo que permitió su crecimiento acelerado a bajo costo y la consolidación de un modelo de consumo desarrollado correspondiente con dicho despilfarro. El origen del problema no está en Estados Unidos sino en el sistema tecnológico de la revolución industrial engendrada en Europa. Tampoco los estadounidenses son los únicos fanáticos de este modelo: las clases emergentes de China e India también lo son, y los europeos no se quedan atrás.
Otro ejemplo ilustrativo es el de la hipertrofia financiera global; según numerosos expertos la masa de papeles físicos o electrónicos navegando en el océano especulativo (derivados, acciones, títulos de deuda, etc.) se acercaría a US$ 1.000 millones de millones de dólares (unas veinte veces el Producto Bruto Mundial). Obviamente los estadounidenses están en el centro más visible del escándalo pero chinos, europeos, árabes del Golfo Pérsico y una numerosa variedad de especuladores periféricos cumplen un papel de primer orden en esos negocios.
Escenarios
¿Hacia dónde va Estados Unidos? Crisis como la actual, por su magnitud, desarman rápidamente las alianzas y estructuras de poder preexistentes; en consecuencia el comportamiento futuro de los actores decisivos del sistema estará marcado por trayectorias ascendentes y descendentes difíciles de prever.
Aunque todavía no debe ser completamente descartado el escenario del “aterrizaje suave” no cabe duda de que su probabilidad se ha reducido mucho en las últimas semanas, la lluvia de indicadores negativos (dólar, empleo, precios de las viviendas, confianza de los consumidores, etc.) nos está señalando que por lo menos 2008 y muy probablemente 2009 serán años negros para la economía estadounidense.
Aparece entonces el escenario de inflación-recesión con un amplio espectro de variantes, desde la estanflación controlada apoyada en una concertación eficaz entre las grandes potencias y una política internacional menos belicosa, pasando por diversas formas de caída más o menos turbulentas hasta llegar al escenario del colapso. Este juego de futuros posibles, sobre todo la variante mencionada en último término, aparece como un delirio si lo vemos desde la visión del mundo predominante hasta hace un par de años, pero la realidad cambia rápido y mucho más velozmente aún los estados de ánimo.
Parafraseando a Mathew Simmons, el experto en temas energéticos (6), nos encontramos ante un mundo desconocido, una “terra incognita” y sin un mapa mínimamente fiable del mismo. Nunca antes en la historia del sistema industrial había aparecido un penuria energética prolongada como la que estamos empezando a transitar y nunca antes en la historia del capitalismo se había hecho presente una masa relativa de capital especulativo y volátil de la dimensión de la actual.
Todo esto se complica aún más cuando constatamos que en algunas cabezas del universo de los halcones políticos, militares y empresarios de Estados Unidos despunta (por ahora tímidamente) la tentación de repetir a escala ampliada la aventura de comienzos de la década: una nueva superburbuja y nuevas aventuras militares…
1- Center on Budget and Policy Priorities.
2- U.S. Department of Justice – Bureau of Justice Statistics.
3- Chalmers Johnson, “Going bankrupt: The US’s greatest threat”, Asia Times, 24 Jan 2008.
4- Rodrigue Tremblay, “The Five Pillars of the U.S. Military-Industrial Complex”, September 25, 2006, http://www.thenewamericanempire.com/tremblay=1038.htm.
5- Scott B. MacDonald, “End of the Guns and Butter Economy”, Asia Times, October 31, 2007.
6- http://www.simmonsco-intl.com/research.aspx?Type=msspeeches.

