FINANZAS |
Por Javier Rodríguez Petersen
Las cifras de fraude empresario no se conocen. No se sabe a ciencia cierta su número ni en qué grado impactan en las ganancias de las empresas. Todo lo que hay son estimaciones. Y aun eso, a partir de generalizaciones que surgen de la propia experiencia de los especialistas.
“El fraude es la cifra invisible. No se puede decir, como en otros delitos, si subió o bajó. La empresa, en general, no está obligada a denunciarlo a no ser que tenga un seguro. Normalmente, hay algún tipo de acuerdo con el que lo perpetró y la información queda dentro de la compañía”, explica Walter Larriva, Executive Director Advisory de Ernst & Young y jefe del equipo antifraude de la consultora.
Lo que sí se puede conocer es qué percepción tienen las empresas sobre los riesgos de fraude. Qué medidas adoptan (o no) para prevenirlo. O qué características tienen los delitos corporativos identificados, que el jefe antifraude afirma que son apenas una pequeña porción de los que sin duda se cometen.
Con ese fin, Ernst & Young realizó, por tercer año consecutivo, una encuesta para Mercado. La primera conclusión del sondeo es que las compañías siguen sin darle mayor relevancia a los riesgos de fraude y, consecuentemente, sin protegerse con las armas adecuadas. La segunda conclusión es que eso se debe a una marcada dosis de fe, ya que siguen siendo mayoría (54%) los que suponen que en sus compañías no hay casos de fraude, pese a que se trata de algo que, según Larriva, “pasa en todas (y remarca ‘todas’) las empresas”.

Walter Larriva
Foto: Gabriel Reig
El plantel equivocado
Según los analistas de la consultora, “la experiencia demuestra que las compañías con estructuras dedicadas específicamente a la prevención, disuasión e investigación de fraude y corrupción son menos vulnerables”. Sin embargo, añaden, “son muchas las compañías que aún no se profesionalizaron adecuadamente”. En la encuesta, apenas una cuarta parte de los consultados (27%) respondió que la empresa para la que trabaja tiene un departamento para prevenir, disuadir e investigar el fraude interno, un número “muy bajo” con respecto a países desarrollados.
En seis de cada 10 compañías que no tienen un equipo especial, las tareas vinculadas a los delitos corporativos recaen en el área de Auditoría Interna, mientras que en 4% de los casos se convierte en una labor de Seguridad Corporativa. Aunque no son del todo ajenos al tema, esos departamentos tienen una misión y una capacitación diferentes que sólo cubren parte de las tareas antifraude. “En nuestra experiencia –comenta Larriva–, 98% de las empresas en las que detectamos delitos corporativos no tenía un departamento antifraude, aunque todas tenían áreas de Auditoría Interna y Seguridad Corporativa”.
El restante 36% dijo acudir a terceros independientes, aunque eso suele ocurrir con casos que “saltan” en los balances o se tornan públicos. “Te llaman cuando tienen una bomba en la mano, les hicieron una denuncia o les falta medio depósito”, explica gráficamente Lourdes Uria Romero, parte del equipo de la consultora. “Quieren saber qué pasó, si no les está pasando en otra área, a qué otras áreas tenía acceso quien cometió el fraude. Entonces, ven que tienen que tomar medidas, y ahí nuestro trabajo pasa a ser identificar zonas de riesgo y trabajar preventivamente. Pero el puntapié fue un fraude que ya fue cometido”, recalca.
“La situación se torna año a año más preocupante –agrega su jefe–. Las empresas siguen atrincherándose en que el combate contra el fraude se hace desde áreas de finanzas y contabilidad, cuando en realidad los hechos de fraude no pasan más por los balances”.

Lourdes Uria Romero
Foto: Gabriel Reig
Capacitación
Cuestión de percepción: 58% de los entrevistados –CEO, gerentes, consultores y jefes de área– cree que la conducta fraudulenta genera rechazo entre los colegas de quien la perpetró, frente a 35% que opina que el sentimiento reinante es de indiferencia y 7% que, más pesimista, piensa que el perpetrador gozará de la admiración de sus pares. Para que esto último ocurra, claro, debe haber un mal clima laboral y un nulo sentido de pertenencia en la empresa, lo cual debería hacer reflexionar a quienes creen que un fraude en sus compañías sería festejado por sus empleados.
(Des)consideración, información y conocimiento pueden cruzarse y funcionar como otra arma antifraude. Si una conducta que debería ser reprobada efectivamente lo es, puede ser denunciada. Siempre que se sepa que esa conducta debería ser reprobada. Y que existan los canales a través de los cuales denunciarla.
En la encuesta, una de cada 10 empresas aseguró dedicar más de 40 horas anuales al entrenamiento de su fuerza laboral sobre los riesgos de fraude. Una tercera parte dijo que le asigna menos de 20 horas. Y más de la mitad (54%) reconoció que no contempla el área en sus programas. Como añadido, apenas una de cada cinco firmas (22%) de las que entrenan a sus empleados se preocupa por averiguar cuán interiorizados están sobre la prevención de delitos corporativos.
“Son otras tendencias preocupantes del mercado local, ya que la experiencia internacional demuestra que el entrenamiento y la educación del personal son una barrera de defensa importante. La idea es que cada empleado de la compañía tenga la capacidad para identificar conductas sospechosas. Y la ventaja radica en tener a toda la organización alerta, convirtiendo a cada empleado en un potencial colaborador del departamento de prevención de fraudes, que nunca puede monitorear online 100% de lo que pasa”, destacan en Ernst & Young.
“La línea de defensa más efectiva –refuerza Larriva– es la gente bien informada, también de cómo el fraude puede pegarle directamente en el bolsillo. Hay ejemplos de casos aberrantes (Enron, Worldcom), pero también otros del día a día, de empresas que fueron livianas en el control o privilegiaron la confianza y que a veces, con esquemas complejos, se encontraron sin compañía porque se la quedó alguien que fue haciendo de a poco ‘la compañía bis’ y un día ‘se la llevó en carrito’”.
Vulnerabilidad
En coincidencia con los expertos, bastante más de las mitad de los entrevistados (63%) consideró que todas las empresas están igualmente expuestas a los delitos corporativos. Del resto, 16% evaluó que las más expuestas son las multinacionales; 8% atribuyó mayores problemas a las nacionales y 13% se refirió a la importancia del tamaño, pero, contra lo que afirman los analistas, indicó mayores riesgos en las Pyme.
Para los especialistas, si bien todas las empresas están expuestas al fraude, el riesgo crece en las multinacionales por la distancia entre las instancias de control y operación. “En muchos casos –grafican– las compañía evalúan el know how de sus socios locales, pero pasan por alto el know who”.
En cuanto a qué industrias tienen mayor riesgo, el rango de dispersión de las respuestas confirma que el riesgo trasciende a una industria. Esta suerte de “antiranking” es encabezado por los bancos y compañías de seguros (19%) y otras empresas de servicios (12%). Pero quedan muy cerca las de consumo masivo (11%), telecomunicaciones (10%) y energéticas, farmacéuticas y tecnológicas (9% cada sector). Y apenas por debajo se ubican las de la construcción (7%), manufactureras y químicas (5% cada una) y automotrices (4%).
Tipificación
Los delitos corporativos que los directivos consideraron más probables son el robo de información confidencial (21%) y el pago por servicios nunca recibidos (20%). También es elevado el temor a que sean sobornados empleados de la compañía (15%), se pague a proveedores inexistentes (13%), se adulteren registros para beneficiar a trabajadores propios o a terceros (13%) o se roben activos (12%).
En conjunto, casi la mitad coincidió en que las maniobras que más afectan a las compañías están vinculadas con compras ficticias y sobreprecios, frecuentes en toda la región. Junto a estas operaciones, por ejemplo, se hallan las “usinas de facturas”, normalmente dirigidas a cubrir sobornos hacia el interior o el exterior de la empresa.
Para el equipo de Ernst & Young, esto “pone de manifiesto que las maniobras se dirigen a caminos diferentes a los tradicionales” y “confirma que el fraude en los estados contables está perdiendo protagonismo”. Y por eso insisten en que a los encargados de prevenir y rastrear estos delitos ya no les alcanza con la formación contable sino que necesitan otros conocimientos que van “desde la criminología hasta las ciencias jurídicas”. De hecho, Larriva trabajó durante años investigando fraudes desde la Policía Federal, mientras que Uria Romero llegó al equipo desde la administración de empresas; los dos, además, se certificaron como “fraud examiners” en Estados Unidos.
No es sólo dinero
En una pregunta coyuntural, la encuesta encontró una respuesta previsible: casi todos (96%) opinaron que la inflación potencia el riesgo de fraude. Según los analistas, “el cambio en los precios relativos es tan funcional a quien comete fraude como las vísperas de los feriados. La mayoría de los fraudes son cometidos por personal de la organización que sabe qué controles se realizan. Si se agrega la distorsión de precios, la probabilidad de que la maniobra sea detectada es significativamente menor, y el riesgo aumenta”.
Casi 8 de cada 10 entrevistados (78%) se mostraron convencidos de que el fraude afecta la rentabilidad de la empresa. Sin embargo, más de la mitad (55%) cree que el impacto es menor a 6%, mientras que el resto se divide en partes similares entre los que calculan que los delitos corporativos pueden recortar las ganancias en entre 7 y 10% y los que suponen que el impacto es aún mayor.
El equipo antifraude reconoce que el cálculo no sea probablemente más que un “complejo ejercicio intelectual”. Pero destaca que “hay cuestiones difíciles de cuantificar, como el impacto reputacional y la percepción de la empresa en la comunidad de proveedores, clientes y empleados”. “La historia –señalan– muestra casos en los que las pérdidas superaron ampliamente los porcentajes establecidos y otros que llevaron a la desaparición misma de la corporación”.
Casos
Hay una particularidad que evidencia que los controles inadecuados o inexistentes son aprovechados por quienes más conocen los procesos corporativos y sus debilidades. En 83% de las empresas que reconocieron haber sido víctimas de delitos corporativos, los fraudes fueron perpetrados por personal de la compañía. En este punto, hubo un aumento importante con respecto a los años anteriores (el personal propio representaba 63% de los casos en 2006 y 61% el año pasado).
Siguiendo con el mismo grupo de compañías, en 28% de los casos el fraude fue descubierto por casualidad. Y en otro 24%, gracias a información acercada por terceros en forma anónima, que no es más que otra forma de la casualidad. Según los entrevistados, las investigaciones de terceros fueron el camino en 18% de los casos y el restante 30% se resolvió en partes iguales por los canales formales de denuncia y la utilización de herramientas automatizadas antifraude. Larriva señala que esta “es otra de las respuestas que demuestra que las compañías aún no encuentran soluciones adecuadas”. Y asegura que, más allá del resultado del sondeo, la experiencia de más de 11 años de su equipo “es que el factor casualidad es mayoritario” en la detección de fraudes.
En cuanto a las causas de los delitos corporativos, casi la mitad de los entrevistados (46%) consideró central a la oportunidad (controles inadecuados), mientras que una tercera parte (32%) apuntó a la autojustificación del perpetrador y el resto se dividió en partes iguales entre los que señalaron el exceso de presión profesional y los que hablaron de venganzas. Al respecto, Uria Romero señala que “antes se hablaba de un triángulo de tres causas: presión (necesidad o metas muy elevadas), oportunidad (debilidades del sistema) y racionalización, lo que a la noche lo hace dormir tranquilo. Pero estaba faltando otro vértice: la inteligencia del que lo hace. Por eso, donde hay una mayor sanción cambia la ecuación y crece el costo potencial”. Allí, sostienen los analistas, puede radicar la mayor diferencia entre la Argentina y los países desarrollados.
Estructuras
Más de la mitad de las empresas (56%) no tiene canales formales de denuncia. Y entre los que los tienen, son gran mayoría (79%) los que están convencidos de que los empleados no los utilizan, mientras que una proporción apenas menos (70%) cree que los empleados no confían en que se trate de denuncias anónimas, algo que, de todos modos, replica encuestas de distintos países.
“Los canales de denuncia se han demostrado como una herramienta vital. Es como no contar con el 911”, afirman los analistas antes de señalar otro punto central: la calidad del canal. “Muchas multinacionales –señala Uria Romero– deben cumplir con Sarbanes Oxley y tienen que tener código de ética y canal de denuncias. Pero en muchos casos no tienen en cuenta el conocimiento que debería tener el encargado de responder las llamadas ni los pasos a seguir cuando se reporta un incidente”.
Un punto esencial de los canales de denuncia es que deben estar en el idioma de los empleados (aunque resulte increíble, a veces no es así). Hilando más fino, deberían estar a cargo de profesionales que sepan “identificar expresiones, tonos de voz y oportunidades para hacer o no preguntas para consolidar los antecedentes” y tengan capacidad para “revisar, resumir y transferir las denuncias”.
Cierre
Tanto la falta de uso como la desconfianza hacia estos canales deben ser considerados, según la gente de Ernst & Young, como “muy preocupantes” ya que “los casos de fraude se resuelven en su gran mayoría a partir de la información”. La consultora “vende”, además, un invento de Larriva y su equipo: un “patrullero electrónico”, que es un software “adecuadamente parametrizado” para encontrar anomalías que enciendan la alerta sobre posibles fraudes.
El ex policía también destaca la necesidad de personal “adecuado y convenientemente entrenado”. Y al tiempo que subraya la importancia de un equipo independiente que responda directa y exclusivamente a los accionistas –para evitar otros intereses en juego–, asegura que “un equipo antifraude se puede armar con cuatro personas en una empresa de 10.000 empleados”.
Larriva menciona otro punto por el cual el tema debería quedar en manos de especialistas. Según él, aunque con variaciones, “los casos y los esquemas son bastante parecidos en distintas partes” y hasta se repiten “los mismos actores y esquemas en diferentes empresas”. “El fraude no lo evitás jamás. Lo importante es ser lo suficientemente inteligente como para hacer que el que piense en cometerlo lo piense por lo menos una vez más. Y nuestra ventaja –resalta– es que, además de la experiencia, tenemos el mismo tiempo para buscar el fraude que el que lo comete: los 365 días del año, durante todo el día”.
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Características de la muestra De los que respondieron a la encuesta de Ernst & Young sobre percepción del fraude empresario, 20% eran jefes ejecutivos (CEO); 3%, directores; 3%, jefes financieros (CFO); 35%, gerentes de distintas áreas; 7%, responsables de área; 9%, analistas y consultores, y el restante 16% ocupaba otros cargos. |






















