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Entre la vasta producción del año pasado, hay dos obras que trascienden este marco tan estrecho.
El título del primer libro es poco afortunado y típicamente largo: China 2.0: Transformation of an Emerging Superpower and New Opportunities. A primera vista, suena al dragón enlazado. No lo es. Marina Yüe Zhang creció en China misma, se graduó en la Universidad de Beijing –la Harvard local–, pero hizo dos posgrados (management) en Australia.
Combina, pues, perpectivas occidentalizantes bien desarrolladas con las sutiles percepciones de una nativa y esto lo demuestra vía análisis críticos rigurosos. El resultado es este tomo, profundamente rico, que examina los efectos de la tecnología en el desenvolvimiento económico chino y sus consiguientes transformaciones.
Zhang define la nueva China como “2.0” para distinguirla del viejo, monolítico y avuncular país. Ahí la información la impartía el Gobierno nacional a la gente según modelo de arriba abajo, o sea como función del planeamiento centralizado. A su juicio, China 2.0 alude a una nueva fase de desarrollo económico e involucra la necesidad de replantear qué país se encara y cómo funcionará.
Sería tentador observar las dificultades locales de Google o eBay como manifestaciones de una sociedad tecnológicamente atrasada y aislacionista. Pero la autora demuestra que lo opuesto es verdad. Pese a vivir tras la firewall de la censura, más de la mitad de los 1.340 millones de habitantes usa celulares o navega en Internet. Esta conectividad surte ya efectos diversos, moviliza la opinión pública y propende a un nuevo orden social. Ello crea niveles de transparencia política y va generando reformas institucionales que, hasta hace poco, la dirigencia lograba neutralizar. Ya no le resulta fácil.
Este libro abunda en estadísticas sorprendentes. Por ejemplo, más de 160 millones de personas tienen bitácora (blog) individual u otros espacios en la Web. Zhang sospecha que la generación “un hijo solo por matrimonio” se ha largado a buscar relaciones sociales en el ciberespacio… para compensar esa crianza aislada. Más de 400 millones estaban registrados el año pasado en QQ (CH CH), una mensajería al instante.
En tanto, 75% o más de usuarios de la Red tiene alguna cuenta, contra apenas 39% de los estadounidenses. Los chinos confían mucho más en la mensajería instantánea y apenas 56% de usuarios recurre al correo electrónico y, por lo común, en los negocios o el trabajo.
Mutaciones
A criterio de Zhang, las conexiones están dando origen a un colectivo de usuarios y consumidores que comienza a transformar la naturaleza de los vínculos comerciales. Por caso, clientes chinos organizaron un boicot contra la cadena Carrefour empleando generalmente celulares. ¿Qué había sucedido? Que un activista francés pro Tibet había atacado en 2008 a un atleta chino en silla de ruedas. Carrefour no tenía nada que ver, pero igual lo castigaron millones de nacionalistas airados. Su interconexión le dio poder colectivo para interactuar en un grado inimaginable en China hasta ese momento.
Inclusive el presidente Hu Jintao conduce desde 2010 charlas con internautas y ha declarado públicamente que trata de tener tiempo para evaluar las reacciones de la gente a medidas o políticas del Gobierno. Lo hace a través de mensajes y respuestas. “Antes, los chinos eran receptores pasivos de arriba abajo o dentro de confines muy estrechos. Hoy –apunta la experta–, todos pueden ser al mismo tiempo fuentes y objetos de la noticia”.
Este poder colectivo es lo bastante fuerte y complejo como para que Zhang abogue por incorporar plataformas interactivas en los planes de marketing. Según nota, aun un pequeño nicho de clientes puede generar millones de ventas… u otros tantos boicots a minoristas y fabricantes de bienes finales mal preparados.
Convergencias
La evolución del consumidor chino es un tópico en particular relevante, porque las políticas oficiales y los intereses occidentales convergen en promover el gasto de las familias como pivote del crecimiento económico en el futuro. Tan hondo es el cambio que, como indica la autora, el saludo tradicional “¿Has comido bien” –símbolo de largos siglos de hambrunas– va siendo reemplazado entre el público joven, urbano y conectado por “¿Dónde estás?”.
Algunos comentaristas arguyen que la nueva forma de “capitalismo de estado” constituye un desafío amenazador a los mercados libres. Zhang tiene una visión más realista de su naturaleza. “No es simple ni unánime –afirma–, sino un conjunto de tres órganos distintos: capitalismo estatal (omnipresente, claro), un floreciente capitalismo privado y capitalismo internacional”. Nada de eso lleva a una entelequia popular en Occidente, el mercado libre como pasaporte a la democracia.
En efecto, el papel de los dos últimos factores suele ser tergiversado o pasado por alto en los análisis convencionales. Por eso, resulta tan esencial disponer de observadores como Zhang, estandarte de una China 2.0 vista desde adentro y en plena transformación.
Un viaje de ida y vuelta
Peter Hessler a menudo parece tropezar con sus propias percepciones en un épico recorrido. En el camino, Country Driving: a Journey Through China from Farm to Factory –otro título ómnibus– parece ser el mejor libro sobre el tema publicado en 2010. Solo lo iguala el de Marina Zhang.
El autor logra explorar los aspectos humanos de la industrialización, los emprendimientos, la urbanización, los defectos de la atención médica y la génesis de la actividad automotriz. En el proceso, se detiene en los efectos de vehículos de tipo estadounidenses en miles de kilómetros de malos caminos chinos.
Con ese objeto, Hessler escogió trayectos basándose en la única herramienta a su disposición para orientarse: la serie de mapas ruteros (158 páginas) publicada por la firma Sinomaps. Los caminos en estas cartas parecen mayormente serpenteantes líneas rojas sin nombres, que tienden a desaparecer del todo si penetran áreas sensibles para la seguridad del Gobierno central o los provinciales. El viajero finalmente decidió seguir sendas capilares marcada con el símbolo ππππππππ. Vale decir, los perfiles que marcan la Gran Muralla.
Naturalmente, los hábitos automovilísticos son nuevos. Virtualmente, los chinos que surcan las rutas han aprendido a manejar en los últimos 10 ó 12 años. A veces los caminos no están señalizados, otras veces los exámenes para sacar el registro son risibles o no son y, a menudo, la gente no sabe leer cartas ruteras.
“Déle usted un mapa a un aldeano –observa Hessler– y el hombre lo pondrá patas arriba hasta ver sí funciona. Por cierto, en este gigantesco país perderse no es una experiencia traumática. China, como Rusia o Brasil, es la clase de territorio donde a cada rato surgen cosas nuevas y los hallazgos son diarios. Todo muta demasiado rápido y no hay que confiarse demasiado. En realidad, nadie –mucho menos un forastero– tiene idea clara sobre el Reino del Medio y lo mejor es evitar generalizaciones. Es preferible, pues, captar la historia china y, luego, echar luz sobre los impresionantes cambios actuales”.
Por ejemplo, en los años 40, Estados Unidos envió jeeps a los nacionalistas de Jian Gaishek, que peleaban simultáneamente con los comunistas de Mao Zedong y con los japoneses. Esos vehículos sufrieron un número increíble de accidentes. ¿Por qué? Porque tenían el volante a la izquierda, estilo estadounidense, pero los chinos seguían al modelo inglés y manejaban sobre la derecha.
Cuando Washington los convenció de pasarse a la izquierda (para promover la venta de jeeps marca Willis o Ford), el ejército rojo era dueño del país y los nacionalistas estaban atrincherados en Formosa.
Hessler remite a otra historia para explicar los orígenes de la industria automotriz local. “Un solo ingeniero chino marchó a Gran Bretaña y ahí le vendieron los equipos obsoletos de una vieja fábrica Ford. Luego pasó a España y adquirió diseños de una subsidiaria de Volkswagen, Seat. En secreto y contraviniendo la ley, nació Chery Automovile Co. (Qirui), hoy la mayor empresa del ramo en el país.

