martes, 28 de abril de 2026

    Para las empresas argentinas

    La diferencia de situaciones, de intereses, de tamaño, de red de soporte explican contar con una visión propia, singular, de las pautas de la relación comercial y económica con el país asiático, dirigida a empresas nacionales que pretendan exportar o simplemente evaluar cómo será el ambiente de negocios que la presencia china en el mercado local, irá conformando.

    Por José Alberto
    Bekinschtein (*)


    José Alberto Bekinschtein
    Foto: Gabriel Reig

    Esa es la clave para entender lo que dice la introducción al libro China: un mundo para negocios, donde este economista que vivió buena cantidad de años en la gran potencia asiática pone foco en el clima económico y de negocios.

    Existen decenas, quizá centenares de manuales, handbooks, guías acerca de “cómo hacer negocios con China”. ¿Por qué uno más?
    La abundancia de material sobre negocios con China y en general con Asia, producido en plazas tan variadas como Hong Kong, Sidney, Washington, Auckland, París, Tokio o Madrid, contrasta con la casi nula disponibilidad del publicado en nuestro país, pese a la posición protagónica que China ha conquistado como destino de nuestras exportaciones, como origen de importaciones y últimamente, como fuente de inversiones, incluso en sectores estratégicos.
    ¿Qué tiene de malo consultar tal material, más allá de que no sea de “producción nacional”?
    Por cierto, tales manuales o guías han sido elaborados por estructuras privadas o gubernamentales provistas de generosos recursos para explorar el mercado, se basan en la experiencia de corporaciones importantes o empresas pequeñas y medianas muy innovadoras, y en muchos casos con no menos de cinco o 10 años de experiencia en el mercado.
    Esa es su ventaja y también su problema.
    La visión de fondo –el background– sobre la cual se construye proviene de países donde el clima de negocios, el soporte al acceso internacional de las empresas locales y el tamaño y capacidad media de las propias empresas son muy distintos a los que imperan en el medio argentino.
    El desarrollo de redes públicas de soporte, tanto en origen como en destino, está complementado en la mayoría de esos países con asociaciones empresarias, profesionales o sectoriales relativamente fuertes y, en muchas oportunidades, con no menos de una sede en China.
    La vinculación entre sector privado y sector público en términos de confianza y capacidad de interacción, sobre todo cuando se trata de acceder a terceros mercados, es probablemente más estrecha en aquellos países con menor importancia de la economía informal, cierto grado de estabilidad en la política comercial –y en los encargados de ejecutarla–.

    La imagen país
    En general, el propio país o distintos productos emblemáticos son ampliamente reconocidos, muchas veces sin necesidad de una marca explícita: las grandes corporaciones industriales son estadounidenses, el diseño es italiano, los equipos son alemanes, los lácteos son de Nueva Zelanda. El esfuerzo de instalación del conocimiento previo acerca del producto y de las empresas es, por lo tanto, muy distinto de cuando esa imagen está aún por construirse.
    En los mismos casos, al soporte comercial e institucional se suma una base de servicios de transporte y logística, de financiamiento de acciones comerciales o de fabricación, y de redes de contactos preexistentes, por el momento más densas y eficaces que las disponibles para medianas y pequeñas empresas argentinas.
    Un nivel de diferenciación adicional es el de la preparación de recursos humanos habituados a la generación y gestión de negocios en el ambiente chino, tanto en el sector público como el privado, debido a que existen escuelas de administración de negocios focalizadas en la formación para trabajar en Asia y en China.
    El tamaño medio de las empresas a las cuales se dirigen tales publicaciones es en general varias veces superior al de las empresas argentinas equivalentes, salvo contadas excepciones.
    La promesa secular del acceso al mercado chino, que ha atraído a las potencias de Occidente desde aun antes de la misión del conde Macartney en el siglo 18, sigue siendo el eje de muchas de las obras a las cuales nos referimos. Una segunda preocupación es la de los caminos para establecerse allí, tanto como base de exportación al mundo como para acceder al mercado interno.
    China, para el medio empresario local, convoca mucho más la imagen de la amenaza que la de la oportunidad. Esa preocupación de­fensiva es dominante a la hora de pensar estrategias de negocios.
    Las economías a las cuales se refieren esas guías tienen en general un perfil de comercio y, crecientemente, de inversiones mutuas, bastante más diversificado que el que predomina en nuestros intercambios.
    Tales razones, en síntesis, una diferencia de situaciones, de intereses, de tamaño, de red de soporte explican entonces que intentemos presentar una visión propia, singular, del entorno, y las pautas de la relación comercial y económica con China dirigida a empresas nacionales que pretendan exportar, establecer asociaciones, o simplemente evaluar cómo será el ambiente de negocios que el mayor protagonismo de productos y empresas chinas en el mercado local irán conformando.
    De todas maneras, el lector no debe buscar en esta obra una guía de negocios en sentido estricto.
    Se trata de situar las enseñanzas de una práctica personal en un entorno cultural, económico e histórico, y proponer ciertas sugerencias –llamarlas conclusiones sería excesivo, sino presuntuoso– para quienes ven China como objetivo concebible para construir o asesorar en una estrategia de negocios, sea de acceso al mercado, a la inversión, a la integración de cadenas de producción y valor. También, por qué no, aproximar a lectores comunes a ciertas claves que pretenden explicar conductas en una civilización diferente.

    La perspectiva china
    Construir tal visión es posible, sobre todo, por la experiencia recogida en unas tres décadas de vinculación personal con China, los chinos, su Gobierno y sus empresas.
    Evitamos en todo lo posible que el texto sea un inventario de información puntual sobre el país. Además de engorroso, sería solo útil por un par de años, incluso meses. En las condiciones actuales de evolución de la economía y de la sociedad chinas, tales datos o cifras se vuelven rápidamente obsoletos e irrelevantes.
    Estas páginas y muchas más serían de todos modos insuficientes para “explicar” China, un mundo demasiado complejo para ser “entendido”.
    Se pretende sí familiarizar al lector con la perspectiva china, de modo que esa visión del mundo y, en especial, del mundo de los negocios le sirva para formular estrategias y operar en función de sus propios recursos particulares.
    Decimos que China es un universo en sí mismo y que además es complejo. Se trata de mucho más que un país: intervienen en él capas históricas, culturales, e intereses muchas veces difíciles de discriminar.
    A los efectos prácticos de una empresa o un hombre de negocios de este extremo de la América del Sur, probablemente solo algunas de las piezas de ese universo –o rompecabezas– sean relevantes.
    No es lo mismo el conocimiento que necesita un empresario textil, interesado solo en proveer una línea de mercadería a un agente o distribuidor que se ocupará de todo a partir del embarque, que la de un exportador de alimentos para quien los gustos, las exigencias y posibilidades de adaptación, la identificación de canales de distribución confiables pueden ser vitales.
    Quien esto escribe llegó por primera vez a Pekín en el invierno de 1981 como Consejero Económico (de la embajada argentina). Fue espectador y actor, en distintas posiciones en los últimos 30 años, de transformaciones inéditas para un país y una sociedad. Es un privilegio que incluso muchos chinos de hoy no comparten. Los menores de 40 años que componen la nueva clase media urbana china, conectados permanentemente con sus 4G entre edificios decorados con leones dorados y centros comerciales inmensos, tienen poca conciencia de los cambios que su vida ha sufrido en relación con la de sus padres.
    Mencionamos más arriba la misión Macartney: su fracaso –el enviado y su séquito fueron expulsados por orden del emperador Qianlong– se debió básicamente a que ambos tenían concepciones del mundo que, en ese momento, eran mutuamente incomprensibles e incompatibles.
    ¿Cuánto se ha transformado esa brecha? Es parte de lo que este libro pretende tratar.

    (*) José Alberto Bekinschtein. Economista. Fue consejero económico en Pekín en los años 80; empresario, docente universitario; coordinó a principios de los 90 una Unidad de Análisis de Asia y el Pacífico. Hasta hace unos años fue director general de una tecnológica multinacional en Pekín.







    La temprana vinculación comercial con la Argentina

    Transcurría el invierno de 1953 cuando Rudi Schwartz, un argentino naturalizado, que había logrado escapar de su Alemania natal a poco que Hitler asumiera el poder, llegó a Berlín Este. Llevaba entre sus papeles una instrucción formal del entonces ministro de Comercio Antonio Cafiero para entablar negociaciones comerciales con la flamante República Popular China. El propósito de su viaje era reunirse con Li Shu De, a la sazón director de la Corporación de Comercio Exterior de China.
    En febrero de 1951, a pocos meses del fin de la guerra de Corea, las Naciones Unidas bajo amplia influencia de Estados Unidos, habían declarado a China país agresor, por lo cual le impusieron un embargo sobre armamentos y material estratégico, ampliado en 1952. Por parte de Estados Unidos el embargo era total y se iba a mantener durante veinte años hasta la visita del presidente Nixon a Pekín en 1972.
    Hay que recordar que en ese momento una de las necesidades más apremiantes para el régimen hacía poco instalado en Pekín era el del abastecimiento de alimentos para su creciente población.
    Aquella reunión concluyó con el primer contrato de provisión de granos firmado por un particular argentino con la República Popular China, un país prácticamente considerado paria a partir de las sanciones de las potencias occidentales y la displicencia con que el supuesto aliado ideológico, la URSS, lo trataba.
    Por razones comprensibles, el acuerdo se mantuvo todo lo posible en secreto, sin que trascendiera el involucramiento que el Gobierno argentino había tenido en él. Así es como, para la “historia oficial”, el antecedente más lejano de vinculación comercial entre ambos países fue la venta de un millón de toneladas de trigo que se embarcó durante la presidencia del Dr. Illia.
    Exactamente 30 años después, tuve la oportunidad de conocer a ambos protagonistas de la reunión de Berlín. Rudi viajaba regularmente a China –había sido recibido por el presidente Mao– y su actividad principal entonces consistía en la venta de extracto de quebracho para las curtiembres chinas. Nuestra relación duró hasta su muerte en 1990. Siempre pensé que en otras condiciones históricas podría haber cumplido un rol similar –aunque probablemente menos controversial– al de Armand Hammer en las relaciones entre Estados Unidos y la Unión Soviética en la época de la guerra fría.
    Li Shu De estaba en 1981 a cargo de la Tercera Dirección, que incluía “las Américas” en el entonces MOFTEC, Ministerio de Comercio Exterior y Cooperación, hoy el Ministerio de Comercio.
    Por esos años de mi primera estadía en Beijing, el comercio entre China y la Argentina estaba en el orden de un par de centenares de millones de dólares. Cueros, trigo y lanas eran los productos protagónicos de nuestras exportaciones. Los esfuerzos chinos se centraban en destacar el déficit que sufrían con el intercambio y en lograr compromisos de apertura de mercado para sus productos textiles, un rubro, como se sabe, muy sensitivo.
    Pese a ello, a un año de mi arribo a la ciudad, en medio de la guerra de las Malvinas, recibí una llamada a la Oficina Comercial de quien secundaba a Li en la Dirección, un joven diplomático llamado Wang Zhi Quan. Tanto con Li como con Wang habíamos discutido ampliamente las posibilidades –pocas– de que las autoridades en Buenos Aires aceptaran la propuesta de un cupo para textiles chinos. Pero el llamado de esa mañana poco tenía que ver con ello. Wang me consultaba si –en caso de que las autoridades de Beijing quisieran hacer una importante compra de granos– habría forma de asegurarse de que las divisas correspondientes ingresaran en su totalidad al Banco Central. El mensaje consistía en que para el Gobierno chino se trataba de una operación de solidaridad política más que de una simple cuestión comercial.
    Las conversaciones en Berlín de 1953 y la llamada telefónica de 1982 tienen un elemento común. La presencia como elemento importante en los vínculos comerciales de China de una visión política que excede lo estrictamente mercantil. Esto era ciertamente así en tiempos de la centralización estratégica maoísta. Pero aún hoy, después de todas las reformas “de mercado”, en conversaciones, convenios y contratos, continúan apareciendo expresiones como la “igualdad y el beneficio” mutuo con las cuales se pretende destacar esta dimensión que trasciende el negocio puro y duro que se esté tratando.

    Condensado del Capítulo I.