Por Daniel Larriqueta*

María Martínez
El rey hizo alquimia. Necesitaba defender la presencia española en el Océano Atlántico que había adquirido, por las iniciativas inglesas, francesas, holandesas y portuguesas, el rango de mar de todos, eje de la civilización europea en su tiempo de más relumbre y creatividad. Carlos III contraatacó creando el virreinato, un proyecto militar y atlantista pero que debía estar dotado de la viabilidad económica y social que aportarían las provincias interiores.
Nacía un país de dos velocidades: las provincias andinas más las coloniales del espacio paraguayo, herederas y memoriosas de la España imperial, se acoplaban con las ciudades rioplatenses, nuevas, cosmopolitas, atlantistas, hijas de la Ilustración y campeonas del comercio y las finanzas. Ese dimorfismo haría historia, y haría política, acaso hasta nuestros días.
En el espacio rioplatense nos atacó Inglaterra en 1806 y 1807. Con el solo recurso de las fuerzas propias, de españoles y criollos, el invasor fue derrotado; Buenos Aires adquirió orgullo y fama continental, y la consecuente ruptura del blindaje burocrático español inauguró la vida política.
El partido de los reconquistadores y defensores que luchó contra los ingleses era uno solo. Agrupaba a todas las clases sociales y a las diferentes pertenencias étnicas y culturales. Pero en él había clivajes: estaban los leales al modelo colonial y a la autoridad monárquica y quienes empezaban a soñar con cambios sociales, políticos y culturales. Esas dos grandes pertenencias empezarían a divergir a partir del Gobierno autónomo creado el 25 de mayo de 1810. Autonomía para conservar o autonomía para cambiar.
Bueno es tener presente que ambas fracciones acreditaban iguales méritos y equivalente arraigo popular. Digo más, el grupo conservador tenía mejores líderes, como Santiago de Liniers y Martín de Ãlzaga, campeones de la lucha contra los ingleses y cultores de un estilo político abierto. Vale la pena anotar que, una vez formados los nuevos batallones que harían frente a la segunda invasión, Liniers ofreció en el Fuerte, en enero de 1807, una cena de agasajo a todas las autoridades, agregando un capitán, un alférez, un cabo y un soldado de cada una de las unidades constituidas, un modelo de representación plural.
A partir de 1810, las reformas políticas y sociales que enarboló la Primera Junta dieron nuevos contenidos a la recién nacida vida política. Lo hicieron con fragor y se dio a esa revolución los mayores contenidos de igualdad que se conocían en el mundo de la época y que serían muy pronto la materia doctrinaria de la Asamblea del año 13.
La definición revolucionaria suscitó los rechazos. Rechazo dentro de Buenos Aires y de Montevideo por los grupos partidarios de conservar la cultura social tradicional, y rechazo en la mayor parte de las provincias “interiores” –así se las llamaba ya entonces– nacidas, vividas y leales a los viejos valores coloniales. Este gran partido “conservador” se fortaleció en torno de sus líderes, con razón de esperar que hombres como Liniers y Ãlzaga fueran capaces de contener el cambio, lo revulsivo, lo “radical”. Eran figuras temibles para la Revolución, y la Junta y el Triunvirato no dudaron en ejecutarlos.
Lo que importa en esta apretada visión de aquellos tiempos fundacionales es entender los tres atributos de la vida argentina que están en ellos en barbecho: la lucha por la unidad nacional por encima de los partidos, el arraigo popular tanto del partido del cambio como del partido conservador y la banalidad de la violencia en las luchas de poder.
Un segundo tiempo de vivificación de la política empieza en 1852, después de Caseros. La Argentina que ya se ha formado sin las parcelas ultraconservadoras que dieron nacimiento a Bolivia y al Paraguay y lamentando la secesión del Uruguay, tiene dentro de sí los dos colores iniciales pero con la prevalencia de una vocación general por la modernidad, una filosofía de igualdades y un sistema de derechos avanzado, plasmados en la Constitución de 1853.
Pero no habrá sosiego. Los gobernadores-caudillos de las provincias conservadoras resistirán los cambios que Buenos Aires impulsa con el fulgor de las ideas, el fulgor del dinero y el fulgor de las bayonetas, aun a riesgo de desencadenar una nueva división como la sufrida entre Caseros y Pavón. Y como ya no se puede salir de la familia argentina, las diferencias se expresarán en partidos, partidos que empiezan a cruzar todas las fronteras interiores, con más o menos arraigo según las realidades culturales y sociales de cada comarca.

Daniel Larriqueta
Realidades dispares
Hay que entender bien la importancia y el sustrato de esas distintas realidades. He hecho un estudio sobre ellas en dos libros, La Argentina renegada y La Argentina imperial, referidos respectivamente a la herencia indiana de las provincias norandinas y Corrientes, y al contenido liberal y atlantista de la región rioplatense y su gran capital. Una es la cultura más antigua, nostálgica de la grandeza imperial española y sus valores, acostumbrada a la autoridad del Estado hasta en la vida privada, respetuosa de la estructura vertical de la sociedad, desconfiada de lo foráneo, guiada por las normas religiosas y temerosa de los cambios. La otra es tributaria de las rupturas innovadoras del siglo 18, las ideas del Iluminismo –que traerán también varios virreyes– hecha al comercio, a la convivencia con extranjeros, desdeñosa de las prosapias, sensible al éxito y sedienta de novedades. Como puede colegirse, no tendrá nada de extraño que los partidarios del cambio y los partidarios de la conservación tengan referencias geográficas muy netas en esas herencias mandantes.
El pacto simbólico de Urquiza y Mitre, sellado con el revoltijo de la batalla de Pavón, preserva la unidad en la Constitución y reconoce la primacía de Buenos Aires para dirigir el destino colectivo. Mitre es el hombre, líder de las fuerzas renovadoras pero ocupado en arrastrar a todo el país en su estela. Y, como enseña Tulio Halperín Donghi, es el primer creador de un partido político: el Partido de la Libertad. Es un partido sin aristas sociales ni étnicas y al que es infructuoso mirar con las categorías europeas de izquierda o derecha. Pero tiene una ideología: libertad y unión nacional. Estas dos banderas, así unidas, son un fortísimo llamado de vanguardia porque con la fuerza del compromiso de unión impone a las conservadoras administraciones caudillistas la vigencia de la libertad. Una libertad para luchar por la igualdad en las viejas sociedades adormiladas. Claro que en ellas no todo es gris, pues hay fracciones de espíritu liberal que se asociarán al llamado de Mitre, convertido, de aquí en más, en el adalid de las ideas de cambio.
Y predica la democracia, con un enfoque invertido de la representación que vale la cita: “La elección de sus representantes es el único acto por medio del cual el pueblo ejerce una influencia directa en los negocios del Estado, y el ejercicio pacífico y real de este derecho es la más eficaz garantía de la estabilidad del orden porque el pueblo, aunque no siempre elige lo mejor, elige siempre lo que se halla más dispuesto a sostener”. Es la época en que Sarmiento se preocupa por educar al soberano y Alberdi execra el voto popular.
Bartolomé Mitre es el pre–radical. Verbo, gesto romántico y baño de muchedumbres y la apelación continua a lo que después será un parteaguas: la preocupación por la igualdad. En la vereda de enfrente, las fuerzas conservadoras renovarán su potencia, imponiendo en un sistema político cada vez menos abierto, la presencia de los presidentes originarios de provincias conservadoras, Tucumán y Córdoba. El personaje es Julio A. Roca que se opondrá a los reclamos democráticos con el argumento de que primero está el progreso. Mitre pelea por la democracia para llegar al progreso, Roca invierte la fórmula. Y en esta notable pulseada está el vaivén de la política y de las ideas argentinas, con tanta carnadura que todavía reaparecerá en los debates del siglo 20.
Con Avellaneda, Roca y Juárez Celman los conservadores asentaron su modelo de progreso sin democracia. Y no hay que subestimar la fórmula, porque el progreso, bien que desigual, tenía colores liberales y sincero compromiso con la construcción de un país próspero. Esta amalgama de conservadores constructores no solo explica el notable progreso material de aquellos años, sino también la preservación de cierta legitimidad popular de esos dirigentes; y bueno es mirarlo como una anticipación del programa que reaparecerá después de 1930.
¿Por qué ese compromiso tan esencial con el progreso en grupos y personas que ya eran pudientes y ocupaban el ápice de la sociedad? ¡Por eso mismo! Los dirigentes conservadores de la “generación del ochenta” y que se suceden de padres a hijos hasta el descalabro de 1916 tienen un sentido patrimonial del país. Su certeza de dominio sobre el país era tan fuerte que lo creían inextinguible y hay que retener este matiz para entender la animadversión y hasta el asco que les despertaría luego la “chusma” radical.
El radicalismo al poder
El gran país de los conservadores tenía dos agujeros: la creciente desigualdad y la creciente inmigración. Y esos dos agujeros tenían domicilio en la Capital, la provincia de Buenos Aires y los campos pampeanos en que se había ido desarrollando un proletariado rural, mitad gringo y mitad criollo, de importancia vital para el famoso “progreso”. Combinados, darían nacimiento al radicalismo: el partido popular de esa Argentina moderna.
Iba Mitre adelante, lo seguían herederos de la tradición federal, gentes de los barrios plebeyos y cultores del ideal vanguardista. No en vano convirtió a Bernardino Rivadavia en su prócer emblema, era prenda de modernidad, sufragio y libertades. Esa cohorte reclamaba, justamente, el cumplimiento del primer principio de la igualdad social, el libre ejercicio del sufragio, que estaba legislado pero se castraba con trampas.
Cuando el modelo conservador llegó a su cúspide material e inequitativa, la plebe se revolvió. La conmoción de 1890 sacudió al modelo conservador, obligó a rediseñar el Gobierno y a iniciar una política interior de fuerza que duraría los siguientes veinticinco años. Alem primero e Yrigoyen luego organizaron verdaderos ejércitos de miles de hombres para sublevar las provincias, y el Gobierno nacional reaccionaba revoleando el “estado de sitio” muchas veces decretado para todo el territorio del país. La tradición beligerante de la política argentina eclosionaba por todas partes.
Los radicales luchaban por la igualdad, y esta es su marca histórica, y los conservadores seguían enarbolando su habilidad para asegurar el “progreso”: el viejo dilema. Pero la fuerza ya incontenible del partido revolucionario llevó a lo que parecía una salida conciliadora: la ley Sáenz Peña. Y sucedió lo inesperado: el radicalismo pasó al frente y ganó la Presidencia, con el voto principal de las regiones rioplatenses. Después de veinticinco años de combate desde el llano, se rompía el juego. Aunque mantenían como era de esperar el predominio en las provincias interiores, los conservadores perdían el control del Gobierno federal y todos esos resortes de los cuales dependían sus negocios y su esplendor social.
Hemos dicho que las fuerzas conservadoras tenían su genuina clientela política y con ella siguieron armando alianzas y campañas para derrotar al radicalismo. Pero la reelección plebiscitaria de Hipólito Yrigoyen en 1928 –62% con una participación récord de 80%– los dejó en el descampado. Para recuperar el poder solo vieron el camino del golpe. Y en 1930 los conservadores volvieron al roquismo, con generales y todo: Uriburu y Justo. Lo paradójico es que en su empeño por gobernar para el futuro, según su marca, abrieron el grifo para una nueva derrota.
Una vuelta conservadora
Obligados por la crisis mundial a salir del modelo económico de asociación con Gran Bretaña que había inaugurado un siglo antes el tratado de 1825, adoptaron políticas de impulso industrial y control estatal de la economía mientras la depreciación de las materias primas expulsaba a la gente de las regiones rurales. Alrededor de un millón y medio de personas –en un país de 13 millones de habitantes– migraron a los nuevos cinturones industriales de las ciudades rioplatenses, especialmente Buenos Aires.
Y esos migrantes venían a conformar el nuevo proletariado industrial, pero portando la cultura de sus orígenes geográficos y sociales: la cultura del mundo andino, con los valores que hemos enunciado más arriba. Este rasgo cultural profundo de los “cabecitas negras” ha sido en general poco evaluado por los tratadistas, pero es esencial para entender por qué no se integraron a los movimientos proletarios preexistentes y por qué nutrieron al peronismo de un puñado de otros valores.
Cuando los conservadores advirtieron que en la siguiente elección presidencial no podrían derrotar a los sectores populares –ni siquiera con el fraude que le hicieron a la candidatura de Alvear en 1937– el equilibrio se rompió. El golpe militar de 1943 interrumpió la república y abrió un nuevo estilo de la política conservadora. Un caudillo militar, Juan Perón, conservador hasta por la naturaleza misma de sus valores profesionales, haría la nueva síntesis, con dos sólidos mensajes: reunir una clientela política mayoritaria entre los votantes conservadores de las provincias y los “cabecitas negras” del Conurbano Bonaerense y ofrecer a la gran burguesía un seguro explícito contra “el comunismo” y sus ramales, que estaban haciendo estragos en Europa.
Así se inaugura otro modelo. Perón transferirá hacia los sectores populares genuinos recursos económicos y abrirá el cauce a nuevos reconocimientos sociales que a mi juicio son esenciales al espíritu argentino, pero como debe cuidar su alianza con los padres conservadores solo podrá echar mano al recurso típico del populismo: la riqueza del pasado y la riqueza del futuro. Con esta fórmula, el conservadorismo constructivo perderá su valor esencial, pensar un país de porvenir. Y muchas figuras de ese colectivo se harán antiperonistas por ser antipopulistas y rechazar las prácticas dictatoriales.
Los radicales se nuclearán con sus banderas: defender las libertades, cuestionar la erosión de los recursos nacionales de hombres y dineros que el populismo implica y proponer cambios que podían molestar los intereses conservadores: era su marca histórica. Y a partir de entonces, cada Presidente radical sería derrocado por una combinación de grupos conservadores con líderes militares o civiles. Ningún Presidente radical concluyó su mandato, porque en todos los casos el golpe conservador se precipitó. Para medir lo que afirmo hay que mirar las políticas de transferencias de ingresos que aplicaron, apenas llegados al poder, los golpistas y desestabilizadores, en todos los casos.
Pero también cuando el peronismo acentuó sus políticas distribucionistas las fuerzas conservadoras se encabritaron. A Isabel Perón le hicieron primero un golpe palaciego con el “rodrigazo” y después de ese avance infructuoso la derrocaron implantando la dictadura de la muerte y la desigualdad.
El impetuoso conservadorismo populista y un radicalismo cada vez más débil han llenado el espacio del país desde que, con una gran esperanza, se refundó la democracia en 1983. Y en la furia de los acontecimientos de estas últimas décadas ha quedado disimulada una dramática perversión: no hablamos más del futuro, no pensamos más el futuro, no trabajamos más para el futuro.
Con el desánimo que se agazapa en el borroso sentimiento de no mirar hacia adelante, la población argentina aguanta su malformación: en noviembre pasado ha debido elegir entre dos candidatos conservadores.
* Economista, historiador y publicista, integró los Gobiernos de Alfonsín y de la Rúa. Profesor universitario en Argentina y en Francia. Autor de ensayos históricos y políticos y narraciones, incluso con historiadores brasileños y chilenos. Preside la Fundación País Porvenir. Profesor en la Diplomatura en Cultura Argentina del Instituto de Cultura del CUDES.

