
Hay un dicho chino: “Ojalá te toquen tiempos interesantes”. Este año que acaba de terminar, se cumplió para todos los habitantes del planeta. Y puede que este 2017 que comienza, también. Aun así, siempre hay un costado positivo y un margen para una dosis de optimismo.
Es una rara mezcla: una combinación de fuerzas populistas y conservadoras que han cambiado el escenario global. Y no solo en el plano financiero, aunque en él aparezcan numerosos signos de la transformación. De poco valen las analogías históricas (1930 y demás). Lo cierto es que “la Gran Depresión” de 2008 pasó y hay signos evidentes de recuperación. La economía estadounidense crece lentamente, pero crece. El desempleo es muy bajo.
En el periodo previo a la decisión británica de abandonar la UE, el empleo había crecido en dos millones desde 2010. A las empresas de ambos lados del Atlántico (y en casi todo el mundo) les va muy bien, con buen nivel de ventas, pero sobre todo de ganancias.
El problema es que vastos sectores de la población, especialmente fuera de las grandes ciudades, no tienen la misma percepción sobre la bonanza que otros disfrutan.
En Estados Unidos, 95% de los hogares tienen ingresos inferiores a los que tenían en 2007. En Gran Bretaña, los ingresos reales totales no han crecido durante toda una década. En la Eurozona, los países del sur, sobre el Mediterráneo, como Grecia, Italia y España no solamente reciben a diario millares de refugiados de Ãfrica y el Oriente cercano: tienen altas tasas de desempleo. Pero la riqueza del “top 1%% en todo el mundo no ha dejado de crecer.
Esta podría ser una primera explicación de por qué se produjo el Brexit, por qué Gran Bretaña abandonó la Unión Europea. También de por qué un personaje tan singular como Donald Trump, resultó electo presidente de los Estados Unidos.
En el mundo de las naciones más ricas y desarrolladas, en los bastiones del liberalismo democrático, algo venía ocurriendo desde hace tiempo en forma que resultó imperceptible para analistas y académicos. Ahora emerge con tremenda fuerza y virulencia. Con mucho enojo.
Y las mayorías hasta ahora silenciosas, culpan de su estancamiento a las grandes empresas, al sistema financiero, a los gobiernos, al establishment, y sobre todo a la globalización que –desde su perspectiva– le roba empleos.
Si en el análisis se prefiere incluir dentro de la globalización, al tremendo impacto de la disrupción impuesta por el vertiginoso avance de la tecnología, con robotización e inteligencia artificial incluidas, entonces el enojo es aún mayor. Sin hablar de automóviles que se manejan solos, o de los avances que permitirá la inteligencia artificial.
La tercera globalización
Quien pierda el empleo porque la tecnología lo torne innecesario, no tiene conocimientos o habilidades para conseguir los que las empresas están buscando. Esta vez es distinto. En la primera globalización, la baja notable en los costos de transporte, permitió una explosión en la expansión del comercio interno e internacional. En la segunda, hasta ahora, la gran disminución en los costos de las comunicaciones, permitió una veloz diseminación del conocimiento (así China se convirtió tan rápido en potencia industrial). Pero la tercera, la que ya viene, será el tiempo del movimiento virtual vía la telepresencia y la telerobótica. Uno puede imaginar sus consecuencias, pero es probable que aun así nos quedemos cortos.
La consecuencia de este panorama es que la desigualdad está creciendo. Es cierto que si se considera todo el planeta, el panorama es mejor y ha mejorado la situación. Pero cuando se enfoca a los países de economías desarrolladas, incluso a los emergentes, la brecha entre los que más y los que menos tienen, ha crecido. Por eso mismo, los mayores riesgos políticos que se vislumbran están ahora en lo que era “el primer mundo”.
Es que cuando se mira el proceso desde el ángulo de la política, está claro que tanto el Brexit como el triunfo de Trump (sin mencionar la derrota de Renzi en Italia o “por un pelo” del candidato presidencial del partido nazi en Austria), están marcando la declinación del sistema de partidos políticos tradicionales y el fin de la vieja y cómoda división entre izquierdas y derechas.
Es el concepto mismo de la democracia liberal el que está en riesgo. Más aún, la sociedad exitosa entre democracia y capitalismo. Es que la globalización atraviesa por su peor momento.
La clave reside en que la mayoría de los votantes de clase media, de ambos lados del Atlántico, piensa que la desindustrialización, la falta de empleo y la inequidad en la distribución del ingreso, se debe a la globalización. Y a sus máximos apóstoles, las grandes corporaciones multinacionales que –como se asegura con convicción– cada vez ganan más mientras la gente tiene menos. Lo que plantea otro serio conflicto entre democracia y capitalismo, y abre la necesidad de reinventar el capitalismo para que sea viable en el futuro. Antes de que comience “The Dark Age”, como pronostica un reciente libro. Como lo dice Guy Standing (Why Rentiers Thrive and Work Does not Pay) ya no hay capitalismo de libre mercado. Ahora tenemos un capitalismo de rentistas. La consecuencia de este diagnóstico es que los ricos se vuelven cada vez más ricos, y una proporción creciente de la población es empujada a vivir una existencia precaria. Y su efecto más notorio es que la democracia y la política resultan moldeadas por este pequeño sector ganador. El autor recuerda a Lord Keynes: lo que hace falta es la eutanasia del rentista.
Lo que empieza a quedar claro es que la agenda planteada por Donald Trump durante su campaña, perdurará. Es buena parte de ella lo que, lamentablemente, persistirá. Habrá una nueva clase de políticos que tendrá la tentación de seguir su ejemplo y su modelo. Tal vez la verdadera tragedia es que el modo de entender la política de Trump comienza a verse como parte normal de la escena cotidiana.
El autoritarismo se ha globalizado (Rusia, Turquía, Filipinas). Es una forma de gobernar con mano de hierro, con desprecio por la oposición y por la prensa crítica. La mentalidad provinciana habrá tenido un papel importante, pero no alcanza para explicar este fenómeno que ocurre a escala mundial.
Todo lo que traerá la inteligencia artificial

Crecerá en forma notable la desocupación de la fuerza laboral humana. Millones de personas quedarán desocupadas. Esa es la predicción para el futuro cercano. No sorprende. Estamos ya acostumbrados a ver máquinas en lugar de personas en supermercados, en bancos, en oficinas administrativas, y hasta en ciertos servicios de las empresas de transporte.
Pero ese es el preludio. El problema será realmente grave cuando se sienta el pleno impacto de la inteligencia artificial, proceso que avecina rápido antes de que aprendamos a usarla correctamente y minimizando sus efectos negativos. Aquí sí, vale la analogía histórica. Muchos de los argumentos recuerdan lo que vociferaban los que destruían máquinas al comienzo de la Revolución Industrial.
Por eso importa poner el problema en perspectiva. La AI, como ya se la conoce, ha logrado avanzar a través de una técnica conocida como aprendizaje profundo. Cuando se le suministra una cantidad impresionante de datos, sobre el modelo y la forma en que opera el cerebro humano, se puede alcanzar y conocer una inmensa variedad de cosas.
Ya lo conocemos. Es el mecanismo con que funciona el buscador de Google, pero que también usan de distinto modo Facebook, Apple o Amazon. Pero como en los últimos tiempos se aceleró su avance, comenzó el temor por perder enorme cantidad de puestos laborales.
La lucha entre el hombre y la máquina parece retornar. Si AI se va de control, el temor es que precipite un encuentro feroz entre la gente y las máquinas. Otros analistas, menos intimidantes, sospechan que habrá alto desempleo porque las máquinas estarán en condiciones de desarrollar tareas cognitivas hasta ahora exclusividad de los seres humanos.
No es casual que en las Naciones Unidas muchos países pidan la prohibición absoluta de desarrollar armas robóticas con inteligencia artificial. La sombra de Terminator sobrevuela esas sesiones.
Sin embargo, los científicos que trabajan en AI insisten, de forma tranquilizadora, que por más adelanto que haya, las nuevas máquinas pueden realizar solamente tareas específicas para las que fueron diseñadas. La posibilidad de que burlen al cerebro humano les parece una perspectiva incierta y en todo caso muy lejana. Ojalá tengan razón.
Por ahora, lo que realmente importa es el impacto que tendrá la AI sobre el trabajo y la vida cotidiana de la gente. Los optimistas recuerdan que hasta hoy, cada avance tecnológico creó más trabajos que los que destruyó (como con el arribo de las computadoras personales). El adelanto genera empleos relacionados con la tarea de estas máquinas.
Pero de modo inexorable, los dueños de las empresas y especialmente el personal deben estar listos para recibir nueva capacitación y entrenamiento que les permita reinventarse en sus puestos de trabajo.

